sábado, 3 de noviembre de 2007
Enterró el tesoro en el jardín de la casa pero se atrasó en la huída y fue alcanzado por el bombardeo que lo dejó tendido junto a la casa en ruinas; nadie supo lo que había hecho con sus riquezas. Su hermano y compinche fue apresado por los aliados cuando intentaba escapar por la frontera Suiza. Su hijo mayor se escondió en un pequeño pueblo vecino durante meses y meses. Dormía en un establo y por las tardes se acercaba al centro del pueblo en busca de comida. Cuando por fin el ejército invasor se retiró se fue a vivir un tiempo a una ciudad de la costa. Allí se escondió en un barco y viajó de polizón a Buenos Aires. No llevaba dinero ni pertenencias, tan sólo su pasaporte italiano y el odio a los ejércitos y las guerras. El viaje fue largo y penoso, su esfuerzo para que no lo descubrieran demasiado grande. Cuando bajó del barco hacía mucho calor y todo parecía nuevo en aquella metrópoli : nuevos aires, nuevo año, nuevo gobierno. Era enero del 47 y él apenas había oído hablar de Argentina y de Perón. Pero tampoco le importaba quien gobernara, tan sólo buscaba sobrevivir en una ciudad que le era totalmente desconocida. Los primero días, al tiempo que buscaba trabajo, dormía donde podía: aunque era duro, los bancos de plaza en verano se podían soportar. Tuvo suerte y lo contrataron de peón en una obra en el barrio lejano de Mataderos, calle Tapalqué al 5000. Con su primer sueldo alquiló una habitación en un pequeño hotel del barrio de Liñiers que compartió con otros obreros venidos del interior del país y de países limítrofes. No tenía amigos pero hacía su nueva vida con esfuerzo: se levantaba temprano, trabajaba los sábados, trataba de mejorar en sus tareas en la obra, conocía en su poco tiempo libre la nueva ciudad pero así y todo no le resultaba nada fácil olvidarse de ciertos momentos de la guerra, tenía 25 años.
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