lunes, 12 de mayo de 2008

     Después de los silencios en el parque no nos vimos durante algunas semanas, paralizados los dos por las dudas que nos envolvían o eso era lo que yo pensaba. Su hermana se había ido por unos meses a córdoba así que no tenía a quien pedirle dinero, aunque de alguna forma se las arreglaba para que en la heladera no faltara lo necesario; todos los días iba hasta el supermercado, compraba cinco o diez pesos y se llevaba comida para dos día en el bolsillo de la campera de jean, por suerte nunca la descubrían. Luego montaba en su bicicleta sin ningún problema hasta la casa. Cuando yo la acompañé tiempo después me sorprendía la naturalidad y la rapidez con que lo hacía mientras yo demoraba media hora pensando en como esconderme una manteca y que no me vieran los de seguridad.  Así y todo estuvimos mucho tiempo sin vernos pero yo no podía resistir mucho y la volvia a llamar; el recuerdo de noches de sexo entre alcohol y poesía me hicieron volver a verla, no pude evitarlo, no estar con ella se me hacía difícil y a pesar de que trataba de resistir era completamente inútil. Ella cuando hablábamos también me decía que tenia ganas de volver a verme. Los meses de diciembre estuvieron bien y como nos habíamos reconciliado el nivel de pasión subió mucho y en su sonrisa veía reflejada una alegría y satisfacción muy grande que me contagiaban, aunque yo también estaba intimamente contento; además todos los días nos escribíamos cartas o poesía que a mí me inflaban el orgullo y aunque sabía que ese sentimiento era solo vanidad, parte del ego que se deja seducir, no podía evitar creermela. Muchas veces por las tardes nos íbamos a bañar a una pileta familiar de San Isidro cerca del río, donde pagábamos cinco pesos la entrada; tomábamos un colectivo hasta retiro y de ahí en el tren, luego caminábamos hasta la costa. Salíamos avanzada la tarde, pero los días de verano eran larguísimos y si llegábamos después de las seis todavía nos quedaba mucho tiempo para bañarnos y tomar sol antes de que el día empezara a declinar. Recuerdo que desencajabamos en ese club familiar donde solo habia padres con sus hijos. Nosotros nadabamos o nos besábamos mientras tomabamos sol, los chicos correteaban cerca nuestro. Después caminabamos un rato por la zona de la iglesia de San Isidro o nos metíamos en algún café para hablar. Volvíamos en el tren, frente a frente y en silencio mirando el nocturno paisaje urbano con nuestras caras coloradas, en retiro los edificios lujosos y gigantes nos..  Cuando llegábamos a Villa Ortúzar, a eso de las diez de la noche comprábamos cerveza y hacíamos sandwiches o pizza; luego, casi borrachos veíamos alguna película; nos acostábamos entrada la madrugada y hacíamos el amor con lentitud; nos levantábamos cerca del mediodía y nos poníamos a preparar el mate y el pan con manteca antes de salir. Así pasaron muchos días de ese verano de la entrada del nuevo milenio en que no hacíamos más que pasar el tiempo en la casa con libros y música o salir a vagabundear por el barrio o hacia la costa en el río.
     A principios de febrero decidimos tomarnos unas vacaciones y como tantas otras veces en ese momento no había plata pero si libertad y unas ganas inmensas de partir. Me acuerdo que fuimos a la casa de tu hermana porque tenia una computadora, un pequeño departamento en el Parque Avellaneda, me acuerdo de como estabas, un vestido cortito de color negro sobre tu piel morena que a mí me gustaba mucho. Las zapatillas botitas color rojas. Empezamos a mirar distintos destinos en internet, playas más bien solitarias de la costa aunque en verano no se podían esperar muchas playas vacías. Miramos todos los pueblos de la costa desde San clemente hasta El balneario El condor en Rio negro. Fuimos tachando casi todos hasta que quedaron solamente cuatro: Aguas verdes, Reta, claromecó, Monte Hermoso. Escribimos en papelitos los nombres y sacaste Monte Hermoso. No era difícil llegar, el tren hasta Bahía Blanca y de ahi un micro que tardaba nada más que una hora.

 

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