lunes, 14 de abril de 2008

Quedó el estribillo de aquella canción en mi recuerdo de la última vez que te vi. Esa noche en que pensé que quizás tenía que escribir sobre vos por lo menos para aclarar mis sentimientos y el día de mañana recordar que es lo que pasó. Habían ocurrido tantas cosas mezcladas que no podría ordenarlas. Desde ese día que te vi por primera vez cuando salías de la clase de Literatura septentrional (¡que nombre raro le ponían a las materias en el profesorado!) mirando para todos lados. Sé que la historia tiene que ser contada pero no puedo empezar o no se cómo, lo más difícil siempre es el inicio, después sólo hay que seguir pero lo esencial es la fuerza motora, la decisión para encarrilarse. Es lo mismo que me pasaba con vos, lo mismo que me pasa siempre, se que tengo que empezar a hacer algo y no lo hago y pareciera que esto lo sufro sólo yo. Porque me parece imposible que otros sufran de esta pasividad, este quedarse en el mismo lugar, deseando siempre sin tener y con nostalgia de algo que no pasó o con la esperanza de una señal que nunca llega. Y decirle que no puedo hacer nada, que lo intento y me quedo callado y luego me descargo con lágrimas en soledad quedaría más que de romántico de cobarde pero... ya quisiera yo que esa no fuera mi defensa y mi triste consuelo. Ya quisiera yo que el camino se abra hacia otro lado y no hacia la angustia después del deseo. No sé porque acuden a mí imágenes negras y obsesivas por ejemplo que si hay un actor en la gloria es porque diez quedaron atrás y veo a los demás volviendo a su casa en un día de lluvia con un bolso a cuestas. Luego veo a uno que camina por una calle de Floresta y sube lentamente las escaleras de un departamento, adentro lo espera su madre y le pregunta como le fue a lo que el responde que no pasó nada. Luego se sienta en el sillón, enciende la televisión mientras su madre le prepara unos mates. Tras el cristal del pequeño comedor la lluvia arrecia; el hombre, tiene unos cuarenta años, pero parece más jóven, es flaco y de movimientos ágiles mira con aburrimiento un programa de preguntas y respuestas y a veces mira los adoquines por la ventana. Hasta el lunes no trabaja y el hombre soltero piensa que por la noche puede salir al cine, a tomar unas copas o ver alguna obra de teatro, piensa en esto pero ninguna de las opciones lo convence demasiado, se dice a si mismo que dormirá la siesta y cuando se levante por la noche decidirá que hacer. No sé que tiene que ver con la historia principal pero siempre me pasa, desviarme no es ninguna novedad. Es una noche negra de villa ortuzar en otoño del 2001, caminamos por las calles solitarias del barrio de atrás del cementerio, pasando la vía, calle Guevara o Rosetti se me ocurre ahora. Es una pequeña casa al fondo de un pasillo donde yo pasaba aquellos días. Un comedor, una cocina y un pequeño patio donde colgabas siempre la ropa. En el comedor había un viejo equipo redondo para compact. y alrededor C.D. y cassetes dispersos de Las Pelotas, Los redondos, La Renga, Charlie García y otros más del rock nacional. El humo del tabaco y de la marihuana nunca se iba de la habitación y a mí me ponía los ojos rojos. Había una pequeña biblioteca con libros y recuerdo ese de German Rozenmacher que te robé y nunca te enteraste, un libro incoseguible que nunca supe como podía estar en tu biblioteca, al igual que una edición de osvaldo Lamborghini viejísima. Eras rara en todo, hasta en los libros que atesorabas, aunque no los hubieras leído.

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