jueves, 20 de marzo de 2008

Recuerdo algunas calles de mi barrio que ahora están muy lejos. Viene a mi memoria la imágen de la cortada que está detrás de mi casa donde a veces jugábamos al fútbol. Que será de cada uno de los destinos de los chicos que jugábamos en Cachimayo a finales de los ochenta. Me acuerdo que cuando pasaba un auto teníamos que parar el partido para después reanudarlo. Felicidad de niño inocente que empezaba a contrastar con la realidad brutal que no espera y avanza desnuda, torpe, brutal, ignorante y de la que nadie quiere desprenderse. Alguna vez proporcionaba alegrías pero era tan corta que había que apresarla mucho, hacerla durar aunque todavía sabía menos que ahora y no me daba cuenta de que era tan transitoria y tan pasajera. Después los días de siempre, algunos mejores que otros, algunos sin relieves, otros felices casi sin darme cuenta. A veces en los partidos yo jugaba de 10. Muchas veces me destacaba y eso me hacía feliz. Y otras veces nada.... dale que dale pero nada, flojo, mediocre entre otros que eran mejores. Pero una vez, una vez... me acuerdo de ese día que salí del fondo mareándome a todo el equipo, me los fui pasando de a poco al gordo, al petiso, al ruso, uno, dos, tres hasta llegar al arquero al que pude pasar con un gancho prodigioso y de golpe el arco de remeras solo, solo para mí, era el gol del triunfo de mi equipo pero de golpe el arquero viene con fuerza desde atrás y justo antes de poder pegarle me agarra las piernas con las manos y me hace caer y caí. Que impotencia... sólo frente al arco y nada, nada, la pelota se pierde por cualquier lado con un penal para expulsión que en la calle tendría que haber sido reemplazado por una trompada que no le dí. Así estaba yo frente a las frías baldosas antes de errar el penal. Luego bronca, amargura, impotencia y constatar el hecho de que los aciertos de uno no siempre significan la victoria porque hay otros que están para impedirlo. Una y otra vez. El gol de mi vida y me lo frustra una canallada del rulo que atajaba. No era la primera vez que hacía eso, alguna vez había visto como se lo hacía a otro pero en la euforia de la jugada no lo pensé y quizás tarde demasiado en patear... así tantas veces dejaba pasar las cosas y me quedaba sin lo que deseaba. Todos luchan por lo que quieren, llegan hasta el final y a mí me parece que no hago demasiado o espero no se qué. Por ejemplo: ahora ya no me funciona el lápiz y quiero seguir escribiendo pero no hago nada porque en este momento, en este, quizás no en otro, ir a comprar otro lápiz me supone un obstáculo, una carga; quizás ese sea el problema mayor, tomarme todo como una carga, como una mochila muy pesada. Quizás la solución sea tomarme más las cosas como un juego, es decir hacer pero no enojarme si no me sale lo que quiero. ¡Vaya filosofía!. Las filosofías budistas dicen eso y sin embargo... Si fuera tan fácil pero uno no es una máquina. Conseguis un trabajo y te hechan sin razón, vas a otro y te pagan una miseria además de esperar sesenta días para cobrar. Bueno, hay que seguir. Salí de la queja, salí, te decía ese vecino amigo de caballito. Vos de te debés una conversación con tu padre te dijo él pero la verdad es que no quiero hablar con él. No quiero, quizás sea un problema mío, no lo niego, pero a veces siento que no vale la pena y eso incrementa mi rencor. Además, siempre está trabajando porque claro, tiene muchas ocupaciones ya que tiene que mantener sus restaurantes y su lindo auto mientras yo acá en Barcelona tengo que trabajar de lo que sea. Repartir volantes, hacer encuestas en una oficina, servir mesas en centros comerciales, pero bueno, el mundo es así... siempre lo critiqué por ambicioso y burgués, ahí donde más duele por presionar para trabajar y darle solo importancia a lo material, realmente me resultaba un asco todo ese mundo. Y eso que tampoco es de los que más dinero tienen pero siento mucho rencor. Cómo tanta gente puede pensar así y bueno me digo, así estamos como país o como mundo con esos cerebros que solo le interesan acumular dinero.No quiero caer en la dureza y la impiedad pero callar lo que siento sería ir también contra mí. Te debés una charla con tu padre te decía aquel vecino pero todavía me pregunto ¿para qué? si siempre está muy ocupado. Bueno, ya soy grande tengo casi treinta años, estoy en Barcelona e intento escribir que es lo que quiero hacer sin miedo y de a poco ir mejorando en la redacción. Ya no tiene sentido el resentimiento y el rencor contra la gente, los ricos, el patrón de la mujer que te acepta si tenés. El mundo sigue siendo tan viejo como siempre pero necesito sacarme la bronca y la violencia que solo me daña. Pero ¿cómo hacerlo?. Si por lo menos estuviera mi vieja pero claro, murió de un cancer fulminante hace unos meses. mi padre dijo que tenía que dejar el pasado, tenía que superarlo, si, a tan sólo tres meses de la muerte de mi vieja el estaba "fantástico". Claro este mundo evidentemente para algunos es fantástico. ¿será por qué para otros es una pesadilla? no sé, es una pregunta nomás.

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