domingo, 23 de marzo de 2008

Podía ser verdad... ¿ A esta hora y en Barcelona? me refregué los ojos y volví a mirar bien pero era cierto, era ella que no me podía ver; ahí estaba, con su enterito amarillo y su gorro de Jean tajeado, los cabellos caídos a ambos lados de la cara, los labios púrpuras y su eterna sonrisa. Le toqué las espalda y al darse vuelta y mirarme unos segundos me abrazó emocionada mientras yo le preguntaba "¿qué buscas ahora en Barcelona?". Nos habíamos visto en Venecia por última vez, nos habíamos conocido en Bologna dos días antes y se había despedido muy pronto junto a su amiga dejándome mucho más sólo que antes de conocerla. De todo eso habían pasado unos meses.
Después de encontrarnos salimos a caminar por el barrio en la mañana fría, dimos un par de vueltas por las mismas calles y compramos unas mandarinas en el único supermercado abierto que encontramos a esas horas. Esa vez que nos despedimos me quedé pensando en vos, le dije, pero esquivó el asunto rapidamente y cambió de tema. No había mucho que hacer, me replicó, María José me esperaba. María José era la chica con la que viajaba por italia y con quien se fue a Milan aquella mañana fría del 25 de enero en que yo la despedí en el andén y volví sólo al hostel. "Pasamos tanto esas tardes" me dijo, y eso me puso contento. Está bien pensé, y era verdad: la recuerdo cerca de la estatua de Neptuno haciendo malabares con unas pelotas que había sacado de su cartera mientras la gente hablaba por teléfonos moviles y se dirigía a sus trabajos. Más tarde caminamos mucho y nos mezclábamos con los estudiantes en las calles adyacentes a la universidad; me acuerdo que entramos a la sede de historia a fijarnos las materias que daban, luego anduvimos por un barrio cercano a la estación, sacamos fotos a las galerías y a las torres. Más tarde llegó tu amiga María José y quedé un poco aparte pero no excluído. Entramos a comer a un bar muy barato y hablaste de un libro de Malcom Lovry que yo no había leído pero si conocía. Su personaje era un consul torturado con culpa que deliraba en México. Le pregunté porqué leía eso y si le gustaba y me respondió que se lo habían prestado pero se estaba aburriendo bastante. Salimos del bar y seguimos caminando por callejones y galerías. María josé hablaba mucho más que vos pero me gustaba esa forma tuya de esuchar a las personas, no como tanta gente que sólo habla y pareciera que los demás fueran invisibles porque nunca los escuchan y hablan para sí. Cuando empezó a oscurecer compramos una botella de cerveza y nos quedamos tomando sentados debajo de una galería. Leías partes del libro salteadas y después me hablaste de una amiga tuya cuya vida, de peligros pasajeros se estaba tornando en algo oscuro y peligroso. Yo escuchaba lo que vos decías mientras María José compraba cerveza en el supermercado. Más tarde hicimos un cadaver de palabras mientras llovía y las gotas repiqueteaban en el asfalto junto al paso de los transeúntes que ahora volvían con prisa a sus casas. Leí lo que escribí y me dijiste que debía publicar con una expresión de entusiasmo. En ese momento me sentí tan avergonzado como ahora que lo escribo. Luego hizo una pausa y me dijo:eso sí, es un poco triste lo que contás. No tuve respuesta y sólo la miré a los ojos. Volvió María José, terminamos la cerveza, luego compramos más y seguimos caminando hacia la parada del bus para volver al hostel tan alejado del centro de Bologna. Pasaron muchas más cosas pero Marisa me siguió esquivando cuando me le insinuaba y yo pensaba porque para ella algunos de mis relatos eran tristes.

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