sábado, 1 de septiembre de 2007

     Había aspectos sobre los cuales era inútil interrogar a Malka con persistencia: Su familia, sus orígenes, ciertos años de su pasado... Nadie sabía nada seguro de ella y , aunque me doliera, también me incluía a mí. Solía cambiar de tema rápidamente cuando se le preguntaba demasiado. Me veo a mi mismo en Constitución una noche en que viajábamos en tren hacia Viedma, donde tres días después debíamos hacer la combinación hacia Bariloche, en el llamado tren patagónico preguntandole sobre su lugar de nacimiento y observando su cara petrea de negación como diciendo ¿pero vale la pena insitir sobre esto? Recuerdo como si fuera hoy todo aquello a principios del 2001: Las libretas de estudiantes del joaquín V. Gonzalez para abonar menos en el tren, los pasos de la gente que vuelve tarde a sus hogares por el gigantesco hall oscuro ; adentro en la sala de espera, los relojes marcan las horas a la costa porque ya los trenes no llegan a practicamente otros lugares que no sean los típicos centros de veraneo ; a veces se escucha una moneda que cae en la lata de alguien que mendiga, cosa rara que alguien de por esta época de carencias que atraviesan a casi todas las clases sociales, si es que todavía se puede hablar de esto en un país que se hunde cada vez más; Y aquí no es donde peor se está me dice Malka porque así no son los barrios pobres de la ciudad gris; nada tienen en común con la hermosas calles lineales y decoradas de otros lugares, donde hay jugadores de bolsa y especuladores de cambios que se instalan a saborear el diario de la mañana y aunque no dice nada nuevo le digo que sí, así es, así debe ser Malka, aunque no conozca ese mundo y me resulta extraño para nuestra idiosincracia pero lo puedo sospechar. A veces pienso que no existe un lugar definitivo para nuestras necesidades y en otoño vemos la luz triste y cautivadora de un faro pero luego nos damos cuenta de que no es verdadera o que proviene de otras zonas y no es para nosotros. La vejez de las estaciones de omnibus y de trenes con andenes sucios y olvidados, de plazas de pueblos con los mismos nombres que evocan un mundo de prestigio y grandeza de hace 150 años y uno se siente casi disminuído en comparación con esfigies de hombres que quizás no hicieron más que heredar una fortuna y donar algo de eso; no, lamentablemente, no se tiene un lugar definitivo a donde ir y parece que uno escapa del presente hacia otro presente que no lo satisface tampoco. Y esos días en Viedma, Puerto madryn, Bariloche, Bahía, ciudades gigantes en una geografía todavía más gigante, camimos y pueblos, líneas de la costa desiertas, campos vacíos, gente de todas partes que se cruza y las conversaciones interminables que evocaban lugares de los que apenas teníamos noticias, imágenes de pueblos al pie de montañas nevadas o puertos sobre el mediterráneo con barcas anclados en sus costas, nombres que sonaban a calles de proeza, aventura y arte, guerra e inmigración; la idea sobre llegar alguna vez a la vieja Europa, quizás un sueño... ¿ Cómo conseguir los recursos ? papeles, pasajes, dinero... y si, pasaron muchos años y luego en otro continente dando vueltas casi sin creerlo con el primer sueldo que cobramos haciendo encuestas: Bologna,Florencia Basilea, Brujas, Amberes, Amsterdam, Zagreb, Barcelona.. ciudad donde vivimos tanto tiempo porque pensábamos que allá estaba concentrado y representado el mundo; brillo de las vías de acero en los sistemas arteriales del cuerpo del antiguo continente, hierros rectilíneos que se juntan, separan y confunden a través de ríos, montañas y valles, tan lejanos como en el sur argentino; rostros pulcros que se confrontan en los brillantes espejos del Euromed que vemos parar en las estaciones y cruzan a cientos de Kilómetros por hora; vistas aeréas impecables desde donde el mundo puede verse con más calma, aunque uno se sienta atrapado e indefenso. LLevamos a donde quiera que vayamos las mismas dudas y yo la certeza de que ella no cambiaría nunca y aunque me era imposible entender por qué, se negaba a revelar el nombre de la duda que la acosaba y que yo intuía cada día más que era eso, se trataba de lo que alguna vez había leído en un viejo libro sacado de la biblioteca de villa Otuzar y de lo que hablaré a su debido tiempo. Si, en esa época justo enfrente de donde vivimos seis meses, frente a la plaza 24 de agosto, en un pequeño departamento donde yo intentaba escribir una novela que transcurría en un pueblo del sur de Brasil donde yo había estado de chico, Barra de Lagoa en Florianopolis,  pero del que me acordaba muy poco aunque tenía referencias por unas enciclopedias, mientras ella trabajaba por la mañana en esa oscura oficina del centro o escuchaba música y fumaba porros apenas llegaba; luego se ponía a cocinar y terminaba mirando bien entrada la tarde esa comedia norteamericana con la que se reía por cualquier cosa. Esto último generalmente motivo de discuciones ya que yo le reprochaba que no me dejaba concentrarme para poder escribir. Habíamos fijado que de 19 a 22 no se miraba la televisión pero era muy difícil que ella cumpliera lo pactado. Así y todo había sido un tiempo bueno recordandolo desde ahora, un buen tiempo que ya terminó y casi lo recuerdo como lo mejor que había vivido hasta ese momento. Solíamos pasar esas noches mirando cualquier cosa en la televisíón, escuchando música, haciendo cadaveres exquisitos o collages con figuras que recortábamos de revistas viejas que encontrábamos en la calle o en cualquier lugar. Teníamos apenas el dinero justo o a veces ni siquiera nada, pasabamos días casi sin comida aunque ella se las ingeniaba para robar algo en el supermercado de Guevara o Rosetti, viejas calles doradas por las hojas del otoño, solitarias, ventosas y vacías en ese Villa Ortuzar de casi mediados del 2001; pasaron muchas más cosas, quizás lo más importante fue la idea de planear un viaje para instalarnos un tiempo en Europa. En esa época decíamos Europa y nos parecía un sueño algún día estar allí mientras mirábamos viejas enciclopedias y libros y buscábamos una ciudad adecuada para vivir aunque yo antes quería terminar la corta novela que no avanzaba, estancada en los bocetos y las primeras diez páginas que pasaba corrigiendo.

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