domingo, 26 de agosto de 2007

El tren a Basel tardo una hora y diez, el paisaje de campiña verde con algunas casas suizas alpinas pasaba fugazmente, a lo lejos se veían las montañas; me llamó la atención un estadio en el medio del campo con un estacionamiento con muchos autos a sus costados, aunque luego nadie me supo decir de que tipo de espectáculo se trataba. La estacion de la ciudad de Basel era pequeña y agradable con escaleras mecanicas, bancos de madera y dibujos gigantes en la pared de una Suiza ancestral con simbología helvéticas: se veía a un hombre que desembarcaba en la costa y clavaba una bandera en cruz. Frente a la estación había un cruce de vías por donde iban y venían muchos tranvías de color verde; me parecía una ciudad de juguete, prolija, ordenado, tranquilo, como uno se puede imaginar Suiza con el cielo límpido con sol y calor. Tenía un mapa de la ciudad y traté de guiarme; hasta el museo Kun tarde unos veinte minutos con paso lento pero preferí no entrar en ese momento. Seguí caminando y despues de un puente de madera atravesé callecitas medievales con iglesias y casa viejas de colores rojizos y naranjas, luego crucé una feria de sábado donde vendian articulos de todo tipo: comida arabe, artesanias, calzado, telas persas, carteras, anteojos, banderas helveticas; me llamo mucho la atencion la convulsion de esa calle comparada con el resto de la tranquilidad de la pequeña ciudad; vi un hombre viejo de trenzas blancas muy largas; le llegaban casi hasta los tobillos y hablaba con cada feriante, se lo veía compenetrado en ese lugar. Luego, caminé un poco y atravesé el gigante puente metálico, prodigio de la arquitectura, en un tranvia donde me senti muy empequenecido al compararme con la ciudad que se veia a ambos lados, desde arriba del río rhin como un gran cañon de cemento elevado ; aunque no era tan alto, mirar hacia abajo me producia vértigo; apenas crucé el puente bajé rápido porque me pareció ver al revisor no vaya a ser que me hicieran una multa en esta ciudad ; luego bordeé la costa entre algunos pacificos pescadores y viejos sentados en los bancos que leían el diario o tomaban sol y llegué a la direccion que me habian dado. Daba la impresion de ser un lugar corriente, una casa mas de estilo aleman con pisos de madera y fachada cuadriculada. Eran una edificación típica de esta ciudad que por momentos parecía como si estuviera hecha para muñecos por su prolijidad, cuidado y detalles. Como no había timbre golpee las manos pero nadie me atendió, supuse que no estarían, aunque también cabía la posibilidad de que no me escucharan y volví a agitar las palmas con más impetu. Tampoco salió nadie. Miré mi reloj y vi que eran las tres por lo que decidí volver hacia el museo y entrar a la exposición. No se por qué tenía la curiosidad de ver algunos de los cuadros de Rousseau. Estaban todos los grandes de la pinura del XlX y XX, expresionistas, impresionistas, surrealistas: Van gogh, Matisse, manet, monet, Cezanne, Modigliari, Picasso, Dali, Kirchner, Munch y también Russeau, cuyos cuadro me gustaron mucho sobre todo el del hombre entre los árboles de la selva. Era una colección impresionante; nunca había visto tantas buenas obras juntas, en ningún lugar y tampoco me imaginaba que en esta ciudad de suiza encontraría semejante colección, no tenía la menor idea, es como algo oculto, por lo menos para mí que no soy un experto en arte ni mucho menos. Quien diría que en esta ciudad de suiza hay semejante exposición. Estuve más de dos horas recorriendo los pasillos del museo. Luego salí al aire límpido de la ciudad y seguí recorriendo sus calles frescas. Me quedé un tiempo en las barandas del puente y después bordié el río por una pasarela de madera que daban a unas casa pintorescas cuyas ventanas coloridas tenían una vista estupenda al río y la ciudad. Saqué algunas fotos, me cruzé con un grupo de italianos (tres mujeres y dos hombres de unos treinta años) que me pidieron que les saqué fotos y luego volví tranquilo a la estación de Basilea. Las vías metálicas transportaron al tren que me dejó en Zurich casi de noche. Antes de entrar a la ciudad vi unos monoblocks de color anaranjados con muchos graffitis que me llamaron  la atención, eran los barrios más populares de todo lo que había visto en Suiza. Volví con la misma carta que mi tío me había dado esa mañana pero nadie me había respondido en aquella gran casa de estilo Alemán en la única tarde de mi vida en que estuve en Basel.

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