sábado, 18 de agosto de 2007
Quisiera escribir pero no puedo, es como un yo-yo que sólo baja y no quiere subir. Reticencias de cuerpos rebeldes. Era enero en Claromecó, no hace tanto, sol brillante y cielo azul en el sudoeste de la costa bonaerense. Tenía 25 años, leía a Pavese y a Cortázar mientras viajaba en algún tren viejo; buscaba casas abandonadas en la provincia de Buenos Aires y trataba de dormir ahí, a veces tranquilo, a veces no. Tenía efímeros amigos que conocía en las rutas, gente de Olavarría, Torquins, pigue, Azul o Bahia Blanca. Huía de Mar del Plata y me iba de mochilero más abajo: Reta, Monte Hermoso, Balneario "El Condor", Las grutas, bien al sur. Deambulaba sólo, me gastaba el dinero en micros a lugares donde no había comisarías, ni hospitales, ni municipalidad, ni nada y si los había estaban vacíos. Otros años cambiaba de rumbo y subía a Colón, El Palmar, Ñandubaisal, Santa Fe capital... ; hablaba de cosas innombrables con gente pasajera que me podía llegar a decir "nos movemos por impulsos instantáneos en sillas vacías de bronce nacarado". Miraba horas y horas por la ventanilla, el campo, el asfalto, los pueblos pequeños y vacíos de verano... Tenía un viejo Walkman donde escuchaba cassetes de spinetta, virus, Las Pelotas, Silvio Rodriguez, Los Redondos, Soda, Bersuit "Mi cara es de plastilina, toda la gente quiere amasarla" Veía distintos colores en el crepúsculo cuando el sol se escondía tras el verde y amarillo de los campos trigados. El atardecer hacía todo más romántico pero yo siempre estaba sólo. Veía mucho, observaba a choferes de temporada esperando su turno para salir a llevar turistas mientras fumaban sus cigarros y hablaban quien sabe de que, quizás de sus mujeres, quizás de su trabajo o de fútbol. Veía rosarinos con la camiseta de Central dando vueltas por el centro de Santa fe; Cordobeses alegres me deprimían con el cuarteto a las ocho de la mañana; una noche en cosquin me quisieron tirar la carpa abajo sólo porque hable con una de sus primas. Córdoba era bella, imensa y en el Dique Los Molinos vi luces extrañan que se agigantaban e iluminaron todo el lago hasta desaparecer en un gran destello, en Calamuchita quedé inconsciente de tanto tomar vino tinto, en Tanti descansé cerca de un río. Seguí camino rumbo al norte y en Salta subí tres veces seguidas al San Bernardo, la vista era hermosa, imponente. ¿ por qué viajo y viajo y sigo tan sólo? Gestos lentos, pausados, desesperación de pequeño-burgués-obrero? en la pobreza. Conocí hombres buenos que me ayudaron cuando me veían perdido, otros que trataron de robarme lo poco que llevaba, mochileros bien provicionados me fueron indiferentes, otros me prestaron plata, otros me regalaron artesanías, ninguna niña me guiñó el ojo; "sé que hay un lugar vacío cerca de aquí pero no sé dónde". En el cadillal, Tucumán, me quedé un día entero; tras las montañas la guerrilla se había enfrentado con el ejército 25 años atrás, la lucha del monte en Monteros, luces y ruidos de helicopteros en el 75, antes o después de Monte Chingolo? Cuando termino eso? Nunca, después, siempre. Nunca estuve en el chaco aunque una vez rocé Formosa y no había nadie más que soldados jóvenes junto a los quebrachales y palos secos. Pasaban horas esperando en el campo quien sabe qué, transpirando con su uniforme; ellos no me veían, pero yo si a ellos y no entendía cómo lo podían soportar. En Corrientes caminé sin parar toda una tarde, me perdí en un pueblo cuyo nombre no me acuerdo donde había una virgen gigante, llegue a Santo Tomé muy cansado y dormí en un hotel barato. Quise ir a las cataratas y aunque no estaba lejos ya no tenía plata y decidí bajar así que después de dos días llegué a dedo a Zárate en la parte de atrás de una vieja rastrogera, pero del puente seguí camino a la costa, eterno atlántico frente a mí y leí: "ayer soñe que vivía en el interior de un árbol hueco en Nueva Atlantis, al lado de Mar de Ajó y me alimentaba de raices nutritivas que crecían por la zona; a las tres de la tarde vendía artesanías en la playa y cuando tenía dinero me pagaba un hotel, siempre y cuando desde allí se viera el mar, eterno atlántico frente a mí.
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