Era enero en Claromecó, día 15 o 16. Crucé el puente colgante mirando el mar a mi izquierda; en el camping de Dunamar había mucha gente, mucho movimiento y armado de carpas en todos lados. La tarde llegaba a su fin y los últimos rayos del sol se derramaban en los árboles. Caminé lentamente después de pagar en la administración y me ubiqué en una parcela de atrás, cerca del río. Al lado mío unos chicos hacían un fogón, parecían entusiasmados; cantaban una canción de La Renga que ahora no recuerdo si era "el final es en donde partí" o "la Razón que te demora". Yo los escuchaba con atención mientras sacaba la carpa con lentitud; uno de ellos, un poco gordo, tenía una remera de Divididos. Al rato el cielo se oscureció y empezó a gotear cada vez con más fuerza. Apuré el ritmo y terminé de armarla más mal que bien; faltaba ajustar el sobre-techo pero ya la lluvia era muy fuerte, me estaba empapando y la dejé como estaba, no sin antes llevarme el bolso con las cosas hasta algún lugar para no mojarme. Cerré y me cubrí debajo de unos techos. Entré a los baños donde estaban todos los chicos también refugiándose; había también una pareja. La chica me contó que eran de Azul y que siempre venían a Claromecó. Todos eran de lugares como: Tres arroyos, Azul, Pigue, Olavarría, 9 de julio, 25 de mayo, ninguno de Buenos aires, aunque la mayoría de Tres arroyos. Pasaba un carton de vino y algunos porros con tranquilidad. Hablamos de distintos temas, muchos relacionados con sus ciudades de orígen. Algunos, sin conocerse de otro lado, conocían a gente en común; Un chico de olavarría conocía a uno de azul que también conocía al de tres arroyos; eran un pibe rubio, guitarrista virtuoso que solía tocar en bares de distintas ciudades. Así con varias personas que tenían conocidos y puntos de contacto. Luego de un rato de charla la pareja de azul se encerró en una de las divisiones aunque no se escucharon gemidos; era todo un misterio lo que hacían y todos nos reimos; a mí me llamaban "El porteño" o "cuervo", aunque ese día no tenia la camiseta de San lorenzo. Me enteré en poco tiempo de muchas historias y anécdotas y ahora recuerdo esta: Claudio, un chico que vivía en los monoblock de F.O.N.A.V.I. frente a la estación de micros de Tres arroyos estaba de vuelta de un viaje por el sur de ocho meses. Había salido antes del último invierno y para financiarse el viaje había trabajado los tres meses del anterior verano en una obra y luego había vendido un saxo que le había comprado el padre unos años atrás. En el viaje había escrito más de 500 páginas, más de una por día y sacado una buena cantidad de fotografías, pero había perdido todo casi al final del viaje. Ahora hacía más de dos meses que no escribía ya que tal perdida le había sacado las ganas y lo había desmoralizado; eso era él único tesoro que tenía, explicó. El pibe de azul le dijo que tenía que seguir escribiendo, aunque el respondió que no sentía ganas. El chico de 9 de julio le dijo que podía escribir sobre esa pérdida y todos asentimos. El chico de Olavarría le dijo que no se tenía que dejar desanimar y así cada uno trató de darle aliento. Claudio casi no hablaba, era su amigo Diego quien contaba todo lo que le había sucedido. Después de eso no hablamos más. La lluvia de a poco parecía cesar y la noche se acercaba. Todos teníamos edades relativamente similares, ninguno más de 27, ninguno menos de 22. Esto sucedió en Enero del 2003, y yo andaba de mochila por el sur de la costa bonaerense sin saber que hacer ni para qué, aunque si conocí gente y algunos lugares; no estuvo tan mal hasta una noche en que tomé más de la cuenta, me levanté pésimo y deprimido y me tuve que ir. Volví a Tres Arroyos en un remise que me salió 40 pesos y pasé la noche en un pequeño hotel, aunque uno de los chicos me dió la dirección de su padre en los monoblocks frente a la estación pero yo no quise molestar. Después estuve siete días en Reta donde me la pasaba yendo a pie hasta el tanque a buscar agua en una botella de agua mineral y también solía ir a la biblioteca del pueblo a leer a Di Benedetto y Daniel Moyano. Terminé el libro Cuentos Claros de la editorial Adriana Hidalgo y luego, en Buenos Aires, hice un trabajo monográfico sobre uno de estos cuentos para la materia de Isabel Vasallo del Profesorado de Castellano. Trabajé casi una semana y creo que la pude haber hecho mejor pero estaba obsesionado con aprobar la materia; me dijo que faltaban algunas cosas y me puso un 7. Esa misma noche pasé a buscar a mi amigo Jorge por un local de tango de Palermo y le conté que había aprobado esa materia. Creo que después fuimos a tomar unas cervezas en algún bar pero nunca me voy a olvidar de esos días pasados en Claromecó, las canciones,las fogatas, las cervezas y sobretodo la salida y la puesta del sol gigante.
Enero 2005
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