martes, 11 de septiembre de 2007

   Yo vivo de mis sueños a quien nadie les cuento. Me refugio en mis fantasías y así puedo caminar más tranquilo después que golpeo una puerta y me niegan lo que hay detrás. Cada día mi imaginación me lleva a lugares muy lejanos en los que nunca estuve o a un lugar que visité y que ya mi memoria no lo recuerda con exactitud por lo cual se ve obligado inventarlo o exagerarlo agregando lo que le da placer a mi memoria . Soy yo mismo y los demás; cada vida cobra en mí más vida y de todas tomo la que mejor encaja con mi estado de ánimo del momento. Ahora pienso en el barriletero de claromecó y mis barriletes son hermosos e imbatibles, suben y bajan con sus colores brillantes, se alejan y traspasan el mar azul o los campos trigados de tres arroyos. Los chicos vienen hasta mis rodillas y me piden historias y yo entonces les cuento mis recuerdos de los años 30 y 40 cuando caminaba como un vagabundo por los terraplenes de Santa Fé. Era un croto libertario por los campos verdes y amarillos. Soles y estrellas en su esplendor, solamente para mí. Rico en mi pobreza y con sol o con tempestad tenía mis refugios entre malesas, casas y estaciones abandonadas. Cambiaba soledad por libertad y así fueron muchos años de mi vida por rieles y estaciones entre vagabundos Argentinos, Italianos, Rusos y polacos que profesaban una fe que asustaba a los burgueses y seguros del mundo. Fuego en las noches de los campos, refugio de vagones, pacifismo irónico frente al poder.
Luego dejé esa vida y trabajé durante mucho tiempo en una oficina central de la ciudad, no estaba mal, aunque era algo muy diferente a lo que había hecho antes pero con esfuerzo me pude ir adaptando. Trabajaba con traje y entre paredes con cajones y estanterías y hasta llegué a tener una secretaria que me ayudaba en mis tareas. En ese tiempo concurría a un taller donde aprendía poco a poco el oficio hoy tan olvidado de armar barriletes. Ahora, después de muchos años de práctica remonto los barriletes más grandes del país; son además los que llegan más lejos y las avionetas que fumigan el campo levantan vuelo cuando pasan por el pueblo por miedo a enredarse con el tenso hilo del barrilete y yo veo como el avión sube y se aleja más y más. Algunos envidian mi oficio y quisieran llegar a remontar barriletes tan alto y yo les digo que todo es cuestión de práctica. De todas formas yo creo que no hay nada que envidiarme y a veces me gustaría cambiar de vida y ser como los demás, es decir dejar de llevar cometas a los aires, pero no puedo; es por eso que mis barriletes son también gritos de soledad pero poca gente los comprende.

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