El sol ilumina la casa y el jardín en un día claro y de esplendor, un día normal de la casa deshabitada pero hay un rumor entre las flores que de a poco empieza a correrse. Las flores y plantas lentamente empiezan a cumplir sus quehaceres, los que desde un principio debieron realizar pero para los que esperaron más de la cuenta. En los aleros las rosas rojas crecen, crecen y desbordan a los maceteros colocados en las cornisas para satisfacer a los antiguos visitantes. Las violetas y margaritas inundan la entrada del camino, antes cubierta por lajas y ladrillos. Desde la ventana crecen naranjos y limoneros redondos, brillantes. En el comedor girasoles y abetos se entremezclan extrañamente. La casa cruje y se desestabiliza, jadea pausadamente. En el techo azul las abejas construyen sus panales, indiferentes al calor de las tejas; su tarea es ardua y persistente; salen y entran por la blanca chimenea cubierta de orquídeas. Zanahorias, calabazas y hortalizas muy verdes se agigantan en los baños, encuentran su lugar en cada hueco vacío. Nada parece poder detener esta lenta vehemencia, ni siquiera el jardinero que atónito observa la curiosa e inexplicable situación..
Los pisos se levantan y la tierra cubre las habitaciones donde hormigas laboriosas trasladan a sus hormigueros las hojas de los álamos que crecen en la cocina. Los ciruelos y almendros se erigen en la sala de estar y la madre naturaleza organiza su festín acompasadamente, con ritmos sabios que vienen de un tiempo milenario y en soledad nace la belleza. El agua fresca y cristalina fluye por las cañerías que cortaron las raices y los cálidos rayos del sol ingresan por los espacios del techo que produjeron los manzanos. En las paredes exteriores las enredaderas escalan y escalan a pasos agigantados cubriéndolo todo. El pasto verde parece una alfombra prolija y en el jardín un palo borracho parece ser el nuevo rey. Todo se ve hermoso y la casa deja hacer sin ningún atisbo de rebelión, como si también gozara de tal florecimiento.
Mientras tanto los dueños nada saben de todo esto y contentos cuentan el dinero de sus rentas pero lentamente y sin pausa un malestar les subirá hasta sus gargantas cuando al llegar vean lo que pasa y no puedan hallar explicaciones del jardinero que yace asesinado junto al palo borracho, en la dulce fiesta de las plantas, la que desde un principio debieron realizar pero para lo que esperaron más por reservas que por temor.
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