Después de tanto tiempo sin verte me puse a pensar en vos, en los días que pasamos en aquella ciudad con galerías que nos protegían de la lluvia y el frío, mezclados entre estudiantes que entraban y salían de los cafés y librerías universitarias en esas calles empedradas con paredes naranjas. La primera vez que te vi entrabas con entusiasmo por la puerta del hostel, riendo y con saludos a todo el que se te cruzara, aunque creo que el único que estaba al lado tuyo cuando pasaste era yo que justo bajaba de bañarme, por fin despejado, después de haber dormido todo el día de corrido porque la noche anterior la había pasado sin pegar un ojo en el piso frío de la estación. Creo que subiste a tu habitación mientras tu amiga te decía algo y se sentaba a ver la televisión. Media hora después te vi venir otra vez con unos sandwiches y gaseosas. Me gustaba tu forma alegre de moverte y me dí cuenta de que no era difícil iniciar una conversación con vos; no, parecía mucho más fácil que con otras mujeres, que dan la impresión de estar siempre en otro mundo y no miran alrededor, no, esa no era tu defensa y todo lo contrario parecías abierta y generosa. Cuando me acerqué me sonreiste y me preguntaste de donde era y donde vivía e inmediatamente me ofreciste un poco de tu comida la que acepté porque no tenía en el estómago más que unas galletitas y un café de la máquina que había en el hall del hostel que estaba en el medio del campo donde no había ningún mercado cerca. Nos sentamos juntos y empezamos a hablar cada uno de su viaje. Me contaste que habías viajado siguiendo a tu amiga María José, que había volado a Roma primero, pero se habían encontrado en Viterbo. Ella era tu mejor amiga, la chica de Ibiza, solías decir, porque hacía muchos años que vivía allí y conocía cada uno de sus rincones. Me contaste que te había gustado mucho Florencia, especialmente el barrio viejo, cerca de la estación de trenes. Hablamos de muchas otras cosas y nos reíamos. Escuché que decías que estabas dando vueltas por Europa desde el 99 y que antes habías estado en Argentina durante dos años; en zona sur me dijiste y tratabas de acordarte de una estación de trenes en la que bajabas para ir a una casa en donde viviste un mes, pero no te acordabas. Al sur, a casi una hora de Buenos aires, me repetiste. La plata, Ensenada, Guernica, Tordera dije yo, pero no era ninguna de esas; insististe con los cadáveres exiquisitos, novedad para vos y después recortaste las figuras de una revista para luego hacer un improvisado collage. La noche avanzó entre risas y mezcla de palabras en un papel y nos despedimos hasta el otro día.... Hacía frío a la mañana mientras miraba la ciudad y te esperaba; llegaste diez minutos después de lo acordado al Neptuno de la plaza central con tu amiga María josé. Cuando me viste levantaste los brazos y te exaltaste pronunciando mi nombre; del cielo gris caían gotas lentas y gordas sobre la iglesia San Petronio y sobre la gran explanada central. Te recuerdo con un gorro verde y rojo y un enterito de jean tajeado abrazándome y saltando al tiempo que sacabas de un bolso tres pelotas de tela y tratabas de hacer sin éxito unos malabares, mientras la gente alrededor nuestro pasaba apurada a sus trabajos y obligaciones. Luego dijiste "a ver si podés" y quedaste sorprendida al ver que me resultaba fácil y te reiste de algo tan tonto como eso. Me gustaba estar así con vos como vagabundos de viaje hechando bocanadas de aire al frío aire en una ciudad importante pero desconocida para mí. Luego caminar y caminar por las intrincadas calles y galerías de la ciudad, entrar a las universidades a ver las carreras y las materias, a la gran iglesia San Petronio, a un museo medieval... Las plazas, las chimeneas altas, los túneles y tranvías, el paso de la gente retumbando en el asfalto frío. Hablabas mucho con María José y yo muchas veces quedaba al márgen de las conversaciónes; hablaban sobre gente que conocían de distintos sitios, siempre las ciudades, las anécdotas, los recuerdos de situaciones y personas, el viaje como escape a la realidad, como libertad, siempre sin dinero, trabajando y dejando los trabajos para viajar, la suerte de conseguir los vuelos baratos, los micros y trenes o el hacer dedo en las rutas, los hosteles o casa de amigos y las distintas maneras para conocer de acuerdo a lo que se disponía... Como me gustaba todo lo que me contabas, siempre alegre Marisa, siempre contenta como en tu Cochabamba natal.
Así pasaban las horas en ese día de enero frío y gris. Por la tarde compramos unas cervezas en el supermercado y nos sentamos tranquilos debajo de una galería a la vuelta de la plaza central, recuerdo que llovía más fuerte. Cantamos canciones de Amaral, Rosendo, Bersuit, Calamaro, Sabina, Fito y Fitipaldi, La Polla, Melendi, Los delincuentes, Las pelotas... María josé, andaluza de Granada las sabía todas, cosa que me sorprendía porque muchas bandas no sonaban en España, era la fonola del trío deambulante con su acento andaluz... Cuando cantábamos los temas de Bersuit escuchabas con curiosidad y preguntabas por el disco y la banda... te reías de "cuatro ebrios se lo llevan al Rockero". Fue esa misma tarde, casi noche, cuando decidimos viajar a Venecia. El tren costaba 7 euros, era accecible, el problema iba a ser encontrar un lugar a buen precio para dormir. Nos quedamos en la calle entusiasmados hablando del viaje, decíamos "Venecia" y no lo podíamos creer, volvíamos a repetir "Venecia" y era como hablar de un sueño pero era cierto, estaba a nuestro alcance a menos de dos horas en tren desde donde estábamos. Charlamos sobre el viaje y lo necesario para estar dos días porque comprar allí resultaría muy caro. Anotamos para comprar en el supermercado. A mí me quedaban menos de 50 Euros y todavía tenía que volver a Barcelona.
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