domingo, 16 de diciembre de 2007
Hoy estuve en Girona; es la segunda vez que visito la ciudad. Las dos veces vine en tren. La primera fue en Septiembre del año pasado, cuando cobré el primer sueldo de Block de ideas. Aquella vez había paseado con mi hermano pero como no teníamos cámara no nos llevamos ningún recuerdo fotográfico de esta pintoresca ciudad. Hoy saqué varias fotos en el centro histórico, en el río, en la catedral, en la estación, en el mirador, en las callecitas históricas. Hice el mismo recorrido que el año pasado. Subí hasta donde terminan los edificios de la Universidad y miré la ciudad desde arriba. Llegué hasta un mirador por una escalera caracol y ahí me quedé más de una hora mirando la ciudad hacia un lado y las verdes montañas hacia atrás. Para el lado de Francia se divisaban los pirineos muy lejos, algunos tenían nieve en sus puntas. Desde arriba se veía toda la comarca del Ampurdá, un paisaje suave y tranquilo. El viento era ameno y el sol me acariciaba con delicadeza. Me pregunté a cuantos quilómetros estaría el mar pasando las montañas que estaban detrás mío. En todo el tiempo que estuve no ascendió ningún ser humano al mirador pero sucedió un hecho muy curioso: un perro agotado subió las escaleras y se me quedó mirando con la lengua afuera; era de raza ovejero alemán con algunas manchas blancas, sin duda un perro muy simpático y peculiar, callejero y campestre por naturaleza. Me hizo compañía durante el tiempo que estuve y cuando bajé me siguió; luego, lo perdí de vista. En el jardín de abajo saqué algunas fotos. Una pareja de jóvenes fotografiaba el pequeño bosque con una cámara profesional. En el otro extremo del jardín un hombre hablaba en portugués por celular. Seguí por las pequeñas calles intrincadas, atravesé arcadas y túneles y bajé unas escaleras muy viejas. Calles y carteles que recordaban a personajes de hace trescientos años, curas, funcionarios, hombres honorarios de la ciudad. Atravesé otra vez el río y las casas pintorescas con colores de Florencia, saqué algunas fotos más desde el puente más importante. Después caminé hasta la estación de omnibus. Mi intención era poder llegar a plaja de Aro o a algún lugar de la costa brava antes de las cinco y estar un par de horas para poder sacar algunas fotos antes de que oscureciera pero todas las ventanillas de las empresas de omnibus estaban cerradas. Esperé un tiempo en la estación pero el único bus que se movía era el que iba al aeropuerto de esta pequeña capital. Al final decidí abordar un bus interurbano y dí una vuelta por Girona de media hora por tan sólo 1 euro con 15 céntimos. Retorné a la estación a las cuatro y media pero el tren a Barcelona recién salía a las 5: 15. Tenía hambre, me compré unas barras de cereal y me senté tranquilamente en la plaza de cemento con esculturas contigua a la estación. Luego saqué el billete y esperé que se hiciera la hora de vuelta. El regreso a Barcelona se hizo interminable, me sentía sólo y con una ansiedad que no podía calmar, ganas de hacer sin saber qué, como tantas otras veces.
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