martes, 4 de noviembre de 2008
Habíamos ido a un recital de Sui Generis gratis en P. Sarmiento a fines del 2000, en ese mismo ciclo creo que después tocaron los cadillacs. Volvimos en colectivo a Villa Ortuzar y ya en la casa de la calle Guevara la vi buscar algo que no pude ver bien detrás de los libros. Luego nos tomamos el 65 a caballito, después de atravesar el cementerio. Fiestas de año nuevo, ambiente seco de enero en Buenos Aires próxima a quedar más vacía por todos los que se van a la costa. Bajamos en Rosario y Avda. La Plata, giramos en Doblas y caminamos hacia el parque. Nos quedamos cerca del monumento. Miré el reloj, eran casi las dos de la mañana. No era tan tarde y sin embargo la noche me parecía eterna, interminable desde las 9 de la noche en que habíamos empezado a hacer cosas. Ella no hablaba demasiado y se reía todo el tiempo, miraba para arriba. Me hubiera gustado besarla en ese momento pero no quería apresurar los tiempos como otras veces que me había equivocado, esperé y pensé que lo mejor era la naturalidad, también para mí. Seguimos hablando, ella miraba la luna y a veces me miraba también a mí y hasta me parecía que le brillaban los ojos. El parque le hacía acordar a su época del secundario, a principio de los 90 cuando salía del nacional 17 y se sentaba en el pasto con sus amigos del que solo conserva a dos o tres aunque se ve muy poco. No le quise preguntar mucho, no quería saber nada de sus ex -novios para no entrar en la postura del perdedor. Pero yo me imaginaba esa época, además había visto algunas fotos suyas. Se hicieron las tres de la mañana y fuimos hacia la casa donde yo vivía con mis padres que en ese momento dormían. Saqué una sidra sobrante de la heladera y fuimos al balcón. Tomamos con tranquilidad, el tiempo parecía detenido. Sacó de su cartera un papel, lo puso en la mesa y aspiró. Yo veía al vecino de enfrente como observaba, pero no le dí importancia. Hablamos mucho tiempo, nos reíamos de cualquier cosa. Le dije que si quería podía quedarse a dormir en mi casa. Al principio puso algunos peros pero después se fue dejando llevar por la suave conversación que no dejaba entreveer ninguna intención que yo tuviera sobre ella. Seguimos hablando en el silencio de la noche y a eso de las cuatro fuimos a mi cuarto, la dejé dormir en mi cama y yo me tiré en el piso. Apenas pude dormir. Cuando se hicieron las seis me acerqué a la cama y me hice un lugar entre ella y la pared. Al principio la toqué y luego la abracé delicadamente, luego le dije que me gustaba. Ella inmediatemente replicó: "Todos los hombres son iguales, buscan lo mismo y además no sé si estas diciendo la verdad" pero no sacó mi brazo de su cuerpo ni mis labios de su boca.
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