Era un viejo Marinero de casi 100 años que solía pasearse por los muelles del puerto. Caminaba por las dársenas, entraba y salía de los barcos, hablaba con los capitanes y marineros y también se entretenía dándole de comer a los lobos marinos y a los perros vagabundos. También le gustaba estar cerca de los gatos pero a estos nunca les daba de comer, sino que le gustaba acariciarlos y podía pasar horas con un gatito en su regazo. Sabía que a los gatos no había que buscarlos sino esperar que ellos se acercaran.
El marinero siempre llevaba puesto un traje azul, (pantalón gastado y camiseta vieja) y una boina blanca y nunca dejaba su pipa, cuyo humo con olor a tabaco viejo parecía seguirle como su propia sombra. En otros tiempos, aunque no tan lejanos, ya que había dejado de navegar hacía relativamente poco, supo recorrer con distintas embarcaciones los mares del mundo como pescador o trabajador de a bordo y ahora solía contar sus experiencias a los jóvenes o a quien tuviera curiosidad de escucharlo. Siempre tenía una historia diferente a mano, nunca regateaba detalles y podía extenderse horas y horas sobre cualquiera de sus vivencias y conocimientos. Era un buen narrador oral de aventuras y muchas veces contaba con varios oyentes que se admiraban de lo que el viejo había vivido además de todo lo que sabía ya que también solía hablar de la historia de Fenicia, Grecia, Roma, Egipto o Cartago y demás civilizaciones antiguas. Es que claro, durante sus largas travesías siempre llevaba libros para leer en las noches de insomnio o para las semanas de mal tiempo en que había poco pique. Algunos habitantes del pueblo lo tenían por delirante, otros por sabio, otros por vagabundo, otros por filósofo; en fin, era un viejo que daba que hablar y a nadie le resultaba indiferente. Ahora parecía sentirse en un remanso de paz después de una larga vida agitada entre el mar, los puertos, las aventuras y los libros.
El viejo marinero tenía su propia filosofía de vida que a veces resumía en dichos populares o frases como"tranquilidad y buenos alimentos" "o "Dios aprieta pero no ahorca". Toda su sabiduría parecía exudar desde las arrugas de su cara y sus pequeños ojos azules y vivaces que a veces se abrían como platos ante una sorpresa o hermosos detalles de la naturaleza como una puesta de sol o una noche estrellada. El viejo poseía una rutina que repetía casi a diario: por la mañana, que para él empezaba cuando los gallos cantaban y todavía el cielo estaba negro se hacía unos mates mientras se desperezaba; después, al aclarar, se acercaba al bar del muelle donde desayunaba su infaltable café con leche y medialunas de grasa mientras leía el periódico, hacía un crucigrama o repasaba algún volumen de historia universal sacado de la biblioteca. Miraba el cielo y la dirección del viento y ya sabía como sería el clima y las mareas,ya no necesitaba escuchar la radio de la prefectura. Luego, pasada la media mañana pescaba con su vieja caña un par de horas en el muelle central; a veces tenía suerte y llenaba un balde de corvinas o pejerreyes y otros días sacaba muy poco. Era raro esto de la pesca y después de tantas décadas no siempre estaba del todo seguro cuando habría pique y cuando no; a eso de las dos de la tarde caminaba hasta su hogar, una buhardilla en un quinto piso con vista al mar que le cedían en un viejo edificio portuario donde se cocinaba, generalmente pescado y luego comía con parsimonia; más tarde, después de una pequeña siesta y a eso de las cinco daba vueltas por el pueblo y hablaba con la gente fueran pescadores o no y se informaba de noticias o anécdotas. Cuando empezaba a caer la tarde, volvía a su casa a cambiarse de ropa, se abrigaba y se sentaba otra vez en el rincón de alguno de los tres cafetines que había en la circunvalación que rodeaba al puerto a mirar el cielo y las estrellas mientras sorbía pausadamente un poco de ginebra. Bebía y fumaba, pero con moderación y nunca se lo vio desubicarse en alguna tarde o noche que se pasó con el alcohol. En fin, era un viejo noble, con luz y brillo propio que nunca olvidaba el arte de la vida según se lo oía decir. Se lo notaba vivir en concordia y tranquilidad después de una vida muy agitada entre las olas del mar que había navegado, entre soledades y tempestades de viejo marino que atravesó el siglo XX en los barcos.
Este viejo no había nacido en la zona sino que provenía de una ciudad del interior, ni grande ni chica pero ciudad al fin. Había llegado de muy pequeño junto a sus padres para poblar esa zona costera y ya nunca se había movido del barrio del puerto sino para navegar. Conocía los cinco continentes, pero siempre por haber desembarcado unos días, ya que sus viajes estaban ineludiblemente unidos al trabajo.
Este viejo no había nacido en la zona sino que provenía de una ciudad del interior, ni grande ni chica pero ciudad al fin. Había llegado de muy pequeño junto a sus padres para poblar esa zona costera y ya nunca se había movido del barrio del puerto sino para navegar. Conocía los cinco continentes, pero siempre por haber desembarcado unos días, ya que sus viajes estaban ineludiblemente unidos al trabajo.
Sus progenitores, al llegar, se instalaron en una casa pequeña de frente color verde y enorme jardín en la parte trasera donde él solía jugar durante todo el día cuando era niño. Esto ocurrió promediando la década del 30, hacia el 35 o 36. En este pueblo el chico fue despuntando su adolescencia e integrándose a la vida del pueblo. En esa época, después del colegio, sus días pasaban entre los muelles y los barcos, entre redes y anzuelos y hombres que conocían el mar y el trabajo de marineros viejos desde fines del siglo XIX. Empezó jugando en los barcos, saltando de una popa a otra, escondiéndose con otros chicos en las cabinas y los camarotes, en las viejas casetas del puerto y debajo de las maderas podridas de los muelles. En ese ambiente, donde abundaban antiguas historias de piratas y bucaneros, islas lejanas, tesoros perdidos, naufragios y marineros desaparecidos fueron pasando los años. Cuando cumplió 17 el capitán de un pequeño barco le ofreció como regalo acompañarlo junto a su tripulación a un viaje muy corto de dos días y sus padres lo autorizaron un poco a regañadientes. Fue así como por primera vez el chico, futuro marinero, surcó el mar en el largo invierno del 43, mientras la vieja Europa estaba en guerra y las noticias se oían y leían como algo muy lejano, aunque algunos habitantes del pueblo a veces comentaban que la guerra se trasladaría al sur del continente americano. Este viaje, fue una pequeña iniciación que decidiría para siempre su futuro en los océanos inmensos. Luego empezó a hacer un trayecto cada mes o a veces más. Estos primeros viajes fueron muy suaves si se los compara con los años duros que prosiguieron.
La década del cincuenta lo encontró de lleno dedicado a los trabajos de pescador. Los viajes que emprendían eran verdaderas travesías que podían durar varios meses. El barco se alejaba de la costa y podía estar muchas semanas sin tocar ningún puerto con días nublados, noches cerradas y largas tormentas. Con el tiempo fue comprendiendo las mañas del oficio ya que el trabajo del mar se hace bien después de mucho tiempo y siempre le asignaban junto a otros compañeros nóveles como él, los trabajos más pesados como limpiar el barco, levantar las pesadas redes luego de la pesca o quedarse toda la noche de vigía. A pesar de la dureza de estas labores pudo adaptarse alegremente y sentía alegría de haber elegido el oficio. Había decidido que este sería su futuro y por eso trabajaba y se esforzaba hasta poder dominar todas las tareas. Fue así como pasó temporadas realmente duras entre el frío, el cansancio y el sueño pero su decisión siempre lo mantenía en pie y su esfuerzo se veía poco a poco recompensado al percibir los pequeños pasos que lo hacían progresar y volverse más diestro en las faenas. Por ejemplo, después de mucho tiempo, podía levantar las velas, incluso con el viento soplando fuerte; tampoco le costaba ordenar y clasificar los anzuelos y las redes le pesaban cada vez menos a la hora de levantarlas y enrollarlas. Lo más duro, al principio, fue dormir atado con fuerza al camastro en las noches de mucha marea para no caerse con el vaivén de la nave.
El viejo nunca se casó, aunque se enamoró tres veces en su vida, sacando los amores furtivos de la adolescencia.Una vez a los veinticinco años de una mujer llamada Paula con quien tuvo a su único hijo. Con ella vivió casi treinta años hasta que las peleas,las rutinas y sus largas ausencias hicieron que la pareja se quebrara y ella se fuera a vivir a otras tierras. Quedó sólo con el hijo a quien le enseñó todas las tareas del mar y a quien inició en sus primeros viajes. A sus casi cincuenta años se volvió a enamorar de otra mujer, pero no fue correspondido. Con esa mujer joven, casi veinte años menor que él, habló en muchas ocasiones y siempre le quedó la sensación de que los prejuicios y la oposición familiar (ella pertenecía a una de las familias ricas de la zona) hicieron que ese amor no fuera posible. Quedó años golpeado por ese desamor pero los viajes en el mar lo hacían si no olvidar, apaciguar la tristeza. A sus casi sesenta años conoció a su última mujer con quien vivió durante veinticinco años y quien murió en sus brazos a los setenta y ocho años. Luego de ese momento vivió en soledad hasta la época actual.Ya no buscaba amores, sino que repasaba los que habían sido y se alegraba de ello. No fue un hombre de muchas mujeres, pero quiso y respetó mucho a las que estuvo y sintió que ellas también lo quisieron. Ya su soledad no lo mortificaba como durante su juventud y se sentía contento desde hacía muchos años. También había tenido la oportunidad de ubicarse en un trabajo de más prestigio y mejor visto socialmente pero lo dejó. A sus cincuenta años le ofrecieron trabajar de profesor de historia o geografía (las materias para las que estaba más preparado) en el excelente colegio nacional de la zona. Aceptó unos meses pero luego el amor por el mar pudo más y dejó la tarea docente, que de por sí ya la hacía en los barcos y a veces en los muelles transmitiendo a los trabajadores más jóvenes sus conocimientos del mar y de historia mundial. Así que no es que le desagradase la docencia pero su amor por el mar lo atraía poderosamente. Años después le ofrecieron un cargo político, ya que era un vecino antiguo y de comportamiento ejemplar pero también lo rechazó. No porque no coincidiera con ese partido político (de hecho era simpatizantes de ellos desde hacía muchísimos años) sino porque sabía que a veces en la política pagaba justo por pecador. Digamos que el viejo prefería apoyarlos desde afuera, como un ciudadano común y no ocupar ningún cargo por más que estos le significaran un aumento grande en sus ingresos. A sus setenta y cinco años otra vez le ofrecieron trabajar con la prefectura en un puesto jerárquico que consistía en entrenar a los que controlaban el estado de los barcos pero tampoco aceptó y siguió navegando hasta casi los noventa. Luego se júbilo con los aportes mínimos y empezó a llevar vida humilde de muelle. El dinero de la jubilación se lo gastaba en los pocos bares del puerto y en algunos libros. Ahora,lo estaban por nombrar "ciudadano ilustre de la ciudad", a lo que no se negaría, al fin y al cabo su vida además del mar había estado ligada a ese puerto al que siempre volvía. No fue falsa modestia rechazar empleos de prestigio o con mayores sueldos, simplemente lo atraía más el mar. El siempre había seguido a su corazón, que le indicaba que su camino era en las naves que surcan el mar.
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