viernes, 4 de enero de 2008

Lloré todo el día sin parar. Hacía mucho que no lo hacía y me hizo bien porque la angustia era demasiado grande. Me sentía muy sólo y desgraciado ese lunes por la mañana antes de instalarme en el cuarto nuevo de una mujer que me alquiló. Había pasado tres días buscando sitios para vivir, había visitado quince habitaciones por Barcelona. Las buenas tenían un precio indignante (500 euros). En las pocas, accecibles y pasables que encontré no me elegían. siempre me decían que tenían que decidir entre todas las personas que habían visitado el lugar. Muchos avisos pedían sólo mujeres, otros estudiantes extrajeros; seguramente los tipos se inclinaban por las chicas a la hora de decidir. En Barceloneta había una pieza en un diminuto piso por 400 Euros. Le dije que sí aunque no me convencía demasiado porque era realmente minúscula, era una litera de marinero. El italiano dijo que me avisaría pero cuando me avisó ya era demasiado tarde. Tuve que decidir antes yo porque al otro día me tenía que ir de la habitación del otro Italiano insoportable con el que estuve cuatro meses hasta que dije basta. Me comí muchas pero no más. El hacía lo que quería mientras a mí me marcaba el más mínimo error. Yo nunca le decía nada en cambio él... un día se levantó cruzado y a los gritos despertándome me dijo que me tenía que cambiar de habitación porque los ruidos no lo dejaban dormir tranquilo. Me lo decía furiosamente mientras fumaba su porro matutino; es uno de los ejemplos. Tampoco limpiaba nunca y pretendía que yo limpie por él. Era el dueño de la casa y quería tener un inquilino que casi no respirara mientras él hacía lo que quería a cualquier hora: Tocaba la batería, ponía música a un volumen altísimo, invitaba gente a dormir (generalmente chicas) en el comedor supuestamente compartido. Eso estaba bien pero si yo invitaba a alguien al chabón ya no le gustaba. Bueno hay mucho más pero hay gente que es mejor olvidar... el problema que el cambio a este nuevo lugar tampoco parece bueno, apenas llegué la mujer me mostró sus pechos tras abrirse la bata pero yo no hice nada. Luego me pidió quince euros. Estaba completamente sólo sin que nadie me pudiera ayudar y iba y venía en el metro trasladando las cosas en el bolso y algunas bolsas plásticas mientras pensaba que esto me pasaba sólo a mí.

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