viernes, 15 de agosto de 2008

 Hoy, como tantas veces, estoy frente el mar: Escribo estas líneas frente a arenas golpeadas por olas del atlántico que se estrellan contra el inicio de Europa en estas playas cerca de Porto. Más de una hora en llegar a pie desde el centro de la ciudad, luego de viajar de paseo en el tranvía marrón que me dejó a orillas del Duero. Estoy en una cafetería llamada "ondas de mar" y desde acá veo la costa y la playa. El día es espléndido, sólo algunas nubes pequeñas y débiles sobre el cielo azul; el sol gigantesco ilumina todo con claridad. Frente a mí hay una larga escollera que en su final tiene una torre vieja muy desgastada, las olas golpean, la espuma rebota alto y con fuerza para luego caer en el mar; afuera hace calor pero hay una brisa que ayuda a liberarse un poco de la alta temperatura. Desde la ventana del bar veo los autos que se dirigen a las playas, los niños que juegan en una hamacas al lado del café que de a poco se empieza a llenar; son casi las dos, la hora de almorzar. Por la puerta entra una pareja de unos sesenta años, la mujer está un poco pintarrajeada, el hombre calvo parece tranquilo, me miran y luego giran hacia la derecha. Escucho conversaciones en este raro y primer portugués, acostumbrado a escuchar el tono de Brasil más abierto y cantado. En la mesa tengo algunos libros que traje en la mochila: Pessoa, Hamsun, Cortázar, Cercas. Leo partes de cada uno pero no me puedo concentrar demasiado en ninguno. Leo alguna poesía corta de Pessoa o de alguno de sus heterónimos, nada más. Luego miro mucho tiempo por la ventana: la gente, los niños, el día, el sol, el mar, el despliegue playero de la gente que parece repetirse en todos los países. Me siento cansado, ayer dormí muy poco, desde las 6:00 hasta las 9:00. Por la noche me sentía insatisfecho y mal, siempre el deseo que no puedo evitar, lo que no puedo o no sé como hacer. Muchas chicas en el hostel, un poco de vino, caminata por la ciudad, la salida a una discoteca. Hablé mucho tiempo con una y la impresión de que no me daba la atención necesaria. Era polaca, de Cracavia y vino a estudiar portugués en Oporto en un curso intensivo de un mes, para luego volverse. Me contó un poco de su vida y de los sitios que conoció. Vivió en Finlandia más de un año, en una ciudad llamada Our donde completó su carrera de filóloga según entendí. Había unos chicos austríacos muy jóvenes, un holandes, tres chicas norteamericanas, una vasca y yo. Después de la discoteca salimos por la calle en busca de marihuana pero nadie nos sabe decir donde venden. Unos chicos negro en una esquina tienen, pero se nota que es de mala calidad. La muestran, la ofrecen, el holandés dice que no. Seguimos camino por las calles oscuras, el holandés y el austríaco mayor van adelante, las chicas los siguen. Nos paramos en una esquina donde hay una calle que baja hacia el centro de la ciudad y hablamos. Ellos quieren bajar hacia la zona del río y yo digo que prefiero ir a la zona de la rambla Santa Catarina, cerca del hostel, me parece que puede haber algunos bares abiertos. Entonces el grupo se divide. Las cuatro chicas se van con el austríaco y el holandés. Vuelvo a pie con los dos restantes austríacos, los más chicos, de unos veinte años. Deambulamos perdidos un rato por las calles oscuras y preguntamos dos o tres veces por la Rua de la Firmeza o por la Santa Caterina. Llegamos al hostel alrededor de las dos de la mañana. Los austríacos se van a dormir y yo me quedo en la computadora que en ese momento está libre. Escribo lo que me viene a la cabeza sin pensar demasiado, me descargo contra mi soledad y la imposibilidad de hacer lo necesario para lograr la atención de alguna chica, especialmente con la de Polonia que fue con la que intenté. Media hora después entran dos de las chicas norteamericanas. Entonces, me imagino las parejas, la vasca con el austríaco y la yankie con el holandés. No me equivoco, al rato aparecen sigilosamente. Me da la impresión que se besan detrás mío aunque no estoy seguro. Luego, suben las escaleras mientras yo sigo escribiendo en la computadora. Siento bronca, no porque me gustara especialmente alguna de ellas sino porque me da la sensación de estar perdiéndome algo y me pregunto por qué ellos sí y yo no. Hace unas horas ni se conocían y ahora ya están juntos. Pienso una y otra vez.. ¿qué es lo que yo no tengo? ¿cuál es la actitud?. En realidad creo que yo no puedo ir tan rápido. Me siento triste, esa sensación que tanto conozco de derrota y de soledad. Sigo escribiendo durante un rato más pero ya no se me ocurre que más y me parece que ya escribí todo lo que tenía adentro. Entonces busco en el you tube algunas canciones de Los Redondos, Rosendo, Calamaro, Bersuit, Los delincuentes y de a poco me empiezo a sentir mejor y muy de a poco salgo de esa horrible sensación de fracaso; pienso entonces que quizás el arte tenga ese efecto de ver el dolor del otro y sentirse amparado. No sé, pienso que no quiero sentirme más así pero no encuentro la forma de salir y de lograr la conexión suficiente, la atención, la onda necesaria. Ahora estoy de vacaciones, viajo por el norte de Portugal y el deseo de lo que no puedo obtener me hiere y me lastima una y otra vez. Desde la ventana sigo mirando el mar que golpea con fuerza a la torre de la escollera a unos kilómetros de oporto.

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