viernes, 15 de agosto de 2008
Servilletas con migas en el plato del bar donde escribo después de terminar mi sandwich de jamón y queso, nadie en las mesas de afuera, yo solo adentro; muy poca gente por la calle. El empleado ordena la barra mientras su mujer barre, un viejo ventilador gira en un rincón y despide un poco de aire al acalorado local que se mezcla con el humo de la plancha donde cocina el dueño, el chino con el que siempre hablo. El televisor muestra las competencias de natación femenina de los juegos olímpicos y yo de nuevo en Barcelona recuerdo el viaje a Portugal que pasó demasiado rápido, más rápido de lo que podía pensar. Me parece ayer cuando estaba en este mismo bar bebiendo una cerveza y festejando en soledad que por más de 15 días no volvía al trabajo. Pero ya el viaje terminó. Fueron días en Lisboa, Porto y otras ciudades como Sintra, Aveiro, Coimbra y Braga. Recuerdo el primer día cuando llegué en el vuelo a Lisboa y vi toda la ciudad roja desde arriba, una vista espectacular de los dos lados del tajo; después de bajarme del bus que me tomé en el aeropuerto caminé por la "Plaza de Comercio" sin saber que hacer hasta que me decidí a buscar los hostels cuya direcciones tenía anotado en un pequeño papel en la riñonera. Caminé mucho esa media mañana pero por suerte la mochila no me pesaba como otras veces porque había decidido sólo cargar lo necesario. Me acuerdo que en el primer hostel no había lugar y después me costó un poco encontrar el old hostel pero al verlo me di cuenta de que era un buen lugar. En la entrada había una chica italiana que había estado un tiempo en Buenos Aires, muy simpática y cordial que me recibió y me encontró lugar en el repleto hostel, uno de los pocos que quedaban. Eran 20 euros por cada noche, un precio normal para este tipo de alojamientos. Fueron siete días en Lisboa donde caminé toda la ciudad desde un barrio a otro y anduve en muchos de sus viejos tranvías desvencijados y pintorescos que se desplazan por sus calles empedradas que suben y bajan en desnivel. Muchas veces viajaba en el 28 que tomaba en la plaza Camoes para cualquiera de los dos lados. Caminaba por el barrio de Alfama con sus pequeñas calles y la gente que se asomaba desde las ventanas abiertas, ropa tendida en los balcones, hombres que tomaban sus cervezas en las mesas de afuera. Algunos pequeños jugaban al fútbol en las calles. Después de mucho caminar me sentaba en algún bar y pedía un café. Recuerdo el mirador Santa Lucía desde donde se veía el Tajo y la parte histórica de la ciudad con sus tejas rojas y el panteón de color blanco. Del otro lado del río estaba la ota parte de Lisboa más olvidada y desconocida para los turistas a donde crucé en barco unos días después para ir a las playas de Caparica; a esa zona era la zona de Alamada donde en realidad vive más gente que en la misma Lisboa; el famoso puente 25de abril separa las dos zonas. Recuerdo también ahora la mañana en que estuve en el castillo San Jorge desde donde la visión era todavía más amplia del río y de la vieja ciudad con techos rojizos. Caminar por el centro y seguir derecho hacia la zona de Pombal, la ciudad subía poco a poco y más allá el museo Gundelkian y sus hermosos jardines con estanques, pequeños ríos artificiales y el sol que iluminaba los verdes parques con gente que se sentaba en el pasto. Caminar un poco más, seguir camino hasta campo pequeño, sacarle una foto desde afuera a la espectacular plaza de Toros Roja y circular con sus bares y paradas debajo. Luego volver ciudad abajo otra vez a pie hacia el barrio de Alfama; fueron tardes y tardes en que no paraba de caminar por muchas calles. La casa de pessoa hasta donde me acercó el tranvía 28 para el lado contrario del barrio de Alfama desde la plaza de camoes; luego un jardín grande y oscuro en el que paré a comer una manzana y después unas callecitas tranquilas hasta llegar al caserón del poeta. Por las noches muchas veces me iba al barrio alto tan cercano del hostel, desde la plaza Camoes hacia arriba, tomaba unas cervezas con amigos ocasionales del hostel y veía a la gente ir y venir por las calles oscuras e iluminadas por los bares; los primeros días había un grupo de irlandeses simpáticos pero después se fueron y la gente solía cambiar muy frecuentemente, nadie se quedaba más de dos días. Luego vinieron unos franceses y una chica Vietnamita que me dijo que la capital no era Saigón como creía yo. Todo un día dediqué para ir a Sintra. Primero el tren y luego el autobus que me subió hasta el Castillo. Desde allí una visión amplia del verde y suave paisaje de montañas. Más abajo se divisabaun castillo Musulmán, restos de la cultura árabe en la zona.
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