sábado, 27 de octubre de 2007

El avión aterrizó un poco bruscamente , dió dos o tres cabezazos y frenó varias veces con dureza lo que hizo que los pasajeros nos fueramos hacia adelante consecutivamente en cada frenada. Ya estaba en Roma después de una hora de vuelo, un poco antes de lo previsto. En Girona habían anunciado que el vuelo tardaría 80 minutos. Desde el aeropuerto secundario de la capital italiana hasta Monte Sacro, el Barrio donde vivía mi amigo Stefan, el bus tardó más de una hora. Vivía en un departamento de clase media en un barrio muy tranquilo, alejado del centro; en realidad era la casa de sus padres quienes no sabían que también llegaba yo. Subimos al anteúltimo piso y me hizo esperar en el pasillo mientras saludaba y hablaba con los padres. Luego de un momento salió y me indicó una puerta de servicio en un piso más alto, una zona donde los padres nunca iban. Allí podría dormir seguro sin que me vieran , aunque yo los vería a ellos, me dijo. Y en efecto, cada mañana desde mi cama y por el hueco de la escalera veía ir y venir a la madre, una viejita de abundantes cabellos blancos que se paseaba con el desabillé y hablaba sola en Italiano. Era extraño que no me viera porque yo la veía perfectamente pero por suerte nunca miraba hacia arriba. Eso si, trataba de permanecer en el máximo silencio aunque apenas me movía la cama chirriaba, pero la vieja nunca miraba para arriba.
La tarde de mi llegada traté de dormir un poco pero no pude, estaba muy entuciasmado de estar en Roma por primera vez y miraba por un gran ventanal desde donde se veía la gigante ciudad; había niebla. Antes del atardecer Stefan me indicó como llegar al centro. El bus número 60 llegaba directo a la plaza Venecia y no hacía falta sacar pasaje ni mostrar ningún comprobante para ingresar al vehículo, sólo tenía que tener cuidado de que no subiera el inspector y según él, nunca pasaba. En el metro, en cambio, tenía que cuidarme un poco más pero también podía viajar gratis. Por ahora era fácil tenía techo y transporte cubierto, sólo debía gastar en la comida y en los museos que quisiera entrar. El viaje en el 60 romano fue muy confortable, viajé sentado mirando Roma por la ventanilla y casi al anochecer me bajé enfrente de la famosa Plaza Venecia; ahí estaba ese gigantesco palacio blanco que algunas veces había visto en documetales sobre el fascismo. Pasé por el lado izquierdo del palacio, y a lo lejos, mágicamente, se alzaba el coliseo. Me costaba creerlo pero estaba allí, a unos trecientos metros del coloso de espectáculos bárbaros Romanos. Caminé con exaltación a la vez que miraba a mi derecha la oscuridad del foro Romano iluminado por los focos. Nunca me imaginé que todo estuviera tan bien conservado, parecía como si los romanos todavía estuvieran allí. Me quedé mirando como abobado todas las ruínas alrededor de quince minutos. A lo lejos, en el museo de Arte había una exposición sobre Matisse, se veía el cartel muy bien iluminado pero el espectáculo del foro era impresionante: templos, columnas, arcos, edificios y aunque no podía identificar cada lugar me bastaba con sólo saber que ese era el centro del poder político de la antiguedad. En una placa leí que este lugar estuvo enterrado hasta el siglo XlX cuando fue descubierto por arqueólogos. Luego de mirar un buen rato seguí caminando y a la derecha distinguí cuatro mapas esculpidos en piedra que indicaban el crecimiento del imperio Romano; el último mapa estaba casi todo cubierto por el imperio. Cuando llegué al coliseo ya era de noche y estaba cerrado pero el monumento era iluminado por faroles luminosos. Di varias vueltas y en una esquina le pedí a una chica que me tomara una foto. Típica foto frente al coliseo casi en la oscuridad. Yo, con una vincha roja y atrás mío el coliseo.

No hay comentarios: