sábado, 20 de octubre de 2007
Cuando llegué el portero me increpó ¿ a dónde vas? pero yo sólo le dije hola y no agregué nada más. El tipo pareció molestarse y me dijo con orgullo "soy el portero hermano", de que te ofendés. "Yo no me ofendí", le contesté y le respondí que iba al séptimo 4to. Ah, a lo de Mónica, me dijo más satisfecho y pareció sentirse contento de mi respuesta. Sospeché algo raro. Arrastré los bultos y tomé el ascensor. En el departamento estaba Mónica y su madre peleándose a los gritos. Les entregué los 600 euros ( 300 de depósito + 300 de fianza) y dejé mis bolsos en la habitación. Era la habitación de una niña pequeña, seguramente la hija de Mónica. Había osos de peluches, muñecas, florcitas de plástico, ropa de la niña en los cajones y en los estantes, cartulinas pintadas de colores. Dejé todo dónde pude porque el espacio era reducido. Sólo colgué la tela del dios Hindú en el placard. A los cinco minutos Mónica se me acerca y me empieza a explicar entre llantos muchos de sus problemas, especialmente el último con el portero. Parece que el tipo le reclamaba 150 Euros que ella no podía pagarle por ahora. Decía: "es prestamista, tiene negocios en Ecuador, acá, tiene mucho dinero y no puede esperar un tiempo más conociendo mi situación", "más conozco al mundo y más me espanto le escuchaba decir" y luego "toda le gente es una mierda" y así una y otra vez; a veces se daba vuelta y le gritaba a la madre en Catalán y luego pasaba al castellano y me contaba todo a mí: "Es prestamista, tiene negocios en ecuador", volvió a decir mientras lloraba. Luego de esto me pidió dinero. Le dije varias veces que no, que recién le había pagado pero insistía al tiempo que se abría la bata y me mostraba rápidamente sus pechos redondos y caídos, "necesito dinero, dame lo que tengas, debo darle algo al portero, por favor" Le dí todo lo que tenía en ese momento, 25 Euros, mientras miraba como mi billetera quedaba vacía. Me fui a trabajar y que sea lo que Dios quiera pensé entre mí, sólo espero que cuando vuelva estén mis cosas. Antes de salir pude comprobar que la casa estaba bastante abandonada: la cocina sucia, el pasillo sin luz, los interruptores sin tapas, además por ahora no había agua, pero había que adaptarse al nuevo lugar. Saludé a mónica, bajé por las escaleras y volví a saludar al portero. Me dijo: "chau hermano". Luego, escuché que le decía a una vecina "hay que ver cuanto aguanta".
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