miércoles, 25 de marzo de 2009

Trataba hace tiempo de escribir un cuento pero se sentaba frente a la página en blanco y no le salía nada. Buscaba recuerdos e historias vividas, conversaciones de la calle, argumentos de viejos libros y películas olvidadas que lo inspiraran y le sirvieran a la hora de empezar pero o bien dejaba la pagina sin letras o escribía algunas lineas que a él le parecían que no valían demasiado. Leía los cuentos de otros escritores, comparaba y se quedaba admirado de la trama, el tiempo, el desarrollo, los diálogos, los finales sorprendentes, en fin, todos o algunos de los elementos necesarios para escribir un buen texto. Soñaba con escribir así algúna vez.
Así pasaban sus días entre la página en blanco y su deseo de escribir un cuento. Muchas veces se desanimaba y pensaba que nunca escribiría si quiera tan sólo un relato que valiera la pena. Uno de esos días se encontró con un amigo en un bar; era uno de los amigos que no escribía ni tenía nada que ver con la literatura sino que atendía una cristalería en una calle concurrida del centro de la ciudad. Su amigo no escribía pero estaba en contacto con mucha gente debido a su trabajo y tenía contacto con la vida, como se suele decir. Ese día, entre unas copas de vino, hablaron cada cual de sus cosas; su amigo le contó algunas anécdotas del negocio y las peleas constantes con su padre, el dueño de la pequeña cristalería, un hombre mayor que quería seguir controlandolo todo de modo tiránico a sus más de setenta años. Cuando este paró de despotricar contra su progenitor, él le manifestó su desconsuelo por no poder escribir nada a pesar de que lo deseaba e intentaba.
- es que no me sale nada le dijo con amargura.
Su amigo frunció las cejas y lo miró un poco raro
- No te pongas metas difíciles, empezá por lo que sepas, escribí sobre tus vivencias.
- Así suena fácil pero me cuesta mucho
- No, no pienses demasiado, sólo escribí, vas a ver que si escribís sobre tus experiencias seguro que va a gustar.
Al otro día, en su casa, y con el mismo sindrome de no poder escribir recordó la conversación y pensó que lo que le había dicho su amigo había estado bien. No tenía que darle tantas vueltas, solo escribir lo que le saliera, más allá de los resultados.
Desde esa conversación empezó a escribir un cuento todos los días, algunos, quizás la mayoría, del montón, pero siempre había alguno que le parecía más valioso y sobre esos estaba dispuesto a trabajar. Se dió cuenta de que era importante escribir aunque las cosas no salieran como quisiera y comprobó que estaba escribiendo mucho más seguido y mejor. Si, la sugerencia de su amigo era sencilla pero muchas veces no le damos importancia a las cosas sencillas que están frente a nuestros ojos, pensó.
Unas semanas después, se volvió a encontrar con su amigo y le agradeció su consejo. Ahora si estaba escribiendo mucho más y aunque lentas, notaba algunas mejoras. Su amigo, en cambio, estaba muy apesadumbrado y harto de soportar a su padre que siempre tenía algo que decirle y nunca miraba las cosas buenas que hacía en el trabajo, sólo le recriminaba los errores por más mínimos que fueran. Le decía que ya no sabía que hacer pero nunca había hecho más que ese trabajo y no quería buscar otro. Hablaron un rato sobre esto y cuando al primero le llegó el momento de dar la sugerencia simplemente le preguntó si a su padre le gustaba leer. Este le dijo que sabía que de jóven lo había hecho pero que ultimamente no lo veía con ningún libro en la mano. Entonces el le propuso que cada mañana le enviaría un relato a su padre para ver si cambiaba su estado de ánimo y su relación con él o simplemente para que leyera algo; no es que se creyera un salvador con sus cuentos o algo por el estilo pero quizás conociendo la problemática pudiera escribir algo, además de que era un estímulo para poder escribir y que alguien lo pudiera leer ya que nadie leía lo que él escribía. El amigo le dijo que el se encargaría de dárselo pero que no le garantizaba que el padre los leyera. Sin embargo, las dudas se despejaron y el padre leía los relatos todas las mañanas antes del ajetreo de la mañana en el negocio. Después de leer el periódico el hombre se enfrascaba unos minutos con el cuento para luego ponerse a controlar la mercancía y a organizar las cosas. A veces reía, a veces se quedaba pensando, algunas veces llegó a murmurar algo pero no solía comentar los argumentos con el hijo con el cual la relación no cambiaba demasiado. Los cuentos y relatos hablaban sobre distintos temas, algunos hacían alusión a la relación padre e hijo, otros a los conflictos laborales y otros solamente narraban aspectos de la vida cotidiana. El amigo escribía religiosamente cada día su cuento, el hombre los leía y así pasaron varios meses.
Un tiempo después los amigos se volvieron a encontrar para hablar largamente y los dos notaron que las cosas habían cambiado mucho. El escritor se quedó sorprendido al enterarse que el padre se había retirado y no trabajaba más y el hijo se encargaba libremente de la faena sin las constantes presiones de su padre. Por otro lado el amigo lo notaba mucho mejor a pesar de que sus cuentos solo eran leídos por el padre quien no daba una opinión, solo los leía. Siguieron hablando toda la tarde, nunca supieron porque el padre se había retirado del negocio con tanta calma, tampoco el hijo le quiso insistir demasiado. Las cosas en poco tiempo eran otras: los dos amigos se dedicaban con tranquilidad a lo que querían y aunque a los dos les faltaba mucho para lograr lo que se proponían sentían que estaban en camino. EL padre descansaba y cada día seguía leyendo los textos. Quizás la literatura sea eso, ordenar y contar los hechos cotidianos simples, poner en el papel las cosas que no se dan y uno desearía en la vida pensó el amigo que escribía.

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