jueves, 25 de septiembre de 2008

Rue Frederic Mistral en la entrada del casco antiguo de Avignon, café L´Americain. Mientras mi tío pinta una acuarela sobre ciertos detalles art decó del decorado clásico francés color verde oscuro yo miro por la ventana y trato de escribir. La luz del día de a poco desaparece y todavía se ve gente que camina por las calles: turistas europeos y algunos típicos japoneses con cámaras de fotos colgadas. En los días anteriores, además de Avignon, estuve en algunos pueblos de la Provenza Francesa: Nimes, Uzes, Arles. También una mañana estuve en S. María del mar, pueblo costero a una hora de Arles donde Van Gogh pintó varios cuadros, las famosas barcas coloridas junto al mar son de este pueblo. Allí caminé mucho tiempo por la costa pero era difícil reconocer el lugar de las barcas, no cómo en Arlés donde todo lo que pintó parece ser más identificable, además de que en los sitios están las placas: el río Ródano, el hospital, el anfitetaro, el café, el puente de madera que se encuentra a unos kilómetros y que poco tiene que ver con el bello y colorido pintado por Van Gogh; en realidad nada tiene que ver demasiado con lo que pintaba el holandés, su virtuosismo consistía en mostrar una belleza cromática que en realidad no era tal; por ejemplo el ródano en Arlés, es un río anodino sin demasiados atractivos pero Van gogh le supo dar grandiosidad y así con muchas de las famosas pinturas. Se me ocurre que el buen artista hace de cualquier cosa oro.
Luz diáfana en la costa mediterránea, cielo azul y rayos de sol sobre la arena vacía, agua fría en mis pies mientras ando lentamente por la orilla del mar y observo a lo lejos a alguna pareja que camina, algún chico que corretea a un perro. Hoy es el último día en La provenza y debo organizar la partida en mi cabeza de la forma menos dolorosa y siento tristeza de que todo sea tan corto y haya pasado tan rápido, cuatro días hermosos en diferentes pueblos del sur francés. Ahora recuerdo el silencio y la tranquilidad de la posada de Uzes donde dormí la primera noche y desde donde se veía el cielo oscuro estrellado y las pequeñas sierras a lo lejos. En la tarde me zambullí en una pileta con agua muy fría; mi tío no se animó, dijo que temía que le agarrara hipotermia. Dormí con mucha paz. Luego de un desayuno excelente con jugos, cafés y embutidos y una charla con una pareja norteamericana de turismo, nos despedimos de la posada... durante la mañana caminé por el pueblo entre sus pequeñas calles y bajo los arcos de la plaza central. Más tarde entré a la iglesia S. Theodoric y escuche unos minutos la misa en Francés; en el momento que llegué todos se daban la mano deseándose la paz, costumbres que se repiten en todos los idiomas, diferencias y comparaciones que me gusta hacer. Después caminé más abajo por un jardín alfombrado de hojas marrones y con árboles casi pelados que parecían inaugurar el otoño en esta parte de la geografía. Desde allí había una vista hermosa al tenue y tranquilo paisaje del campo verde. Me muevo un poco y un suave viento me acaricia la cara, camino sin saber que hacer por estas calles, saco algunas fotos a la feria de vendedores y a los edificios y a las construcciones viejas. Un pueblo del que días atrás no tenía noticias y ahora ya conozco de memoria de andar de un lado para otro por sus calles centrales y adyacentes durantes horas y horas bajo el tibio sol del otoño. Ronda Gambetta, el bar donde los lugareños paran a beber y charlar, mi tío habla en inglés con una mujer francesa y yo los observo callado pronunciar algunas palabras de su rudimentario francés y admiro su facilidad para comunicarse con la gente aunque casi no sepa el idioma. Luego se encuentra con una vieja amiga que no ve desde hace más de diez años, una amiga que conoció en Nueva York, cuando fue artista callejero desde mediados de los 90 a principios del 2000. Miles de anécdotas sobre esa época, momentos duros para hacerse un lugar en la calle, donde sobresale el día de la caída de las torres y como vió incrustarse al segundo avión en el edificio, historia que ya me cansé de escuchar tantas veces. Su amiga Kate vive aquí desde el 95 y nunca más volvió a Estados Unidos, es más, nunca más salió de Francia, creo que ni siquiera de Uzes. Por el pueblo se traslada en una bicicleta verde muy vieja que chirría y vive en una casa prestada donde plancha y hace algunos trabajos a cambio del techo. En los primeros tiempos tuvo una pequeña companía de teatro llamada Black dog, nombre que le puso en homenaje a los perros que mi tío pintaba en las calles de Nueva York. Kate ahora intentaba formar un grupo de teatro Gregoriano y su sueño es poder trasladarse a Roma o a Paris para presentarse. Luego de su larga charla subimos al autobús que nos trasladó a Nimes. No me acuerdo si tardamos un hora en llegar. Al bajar de la estación caminamos por una rambla larga hasta un monumento y una gran plaza de toros. En torno a este se montaban ferias y negocios de todo tipo, había mucha gente por las calles en un sábado de alegría. Mientras mi tío descansa en el monumento de la plaza yo salgo a caminar por los puestos y las calles del centro donde veo toda clase de feriantes y mucha gente que camina de un lado a otro. Vuelvo después de casi una hora y otra vez volvemos por la rambla. Más tarde tomamos el tren hacia Arlés, el viaje duró menos de una hora, también el paisaje verde suave; bajamos del tren, miramos un poco el mapa en la estación y caminamos. Nos alojamos en un hotel barato con un bar abajo donde había mucha gente mirando un partido de fútbol. Desde la ventana del hotel se veían las murallas de la entrada del pueblo. Por la noche comimos en un Restaurant al lado del café de noche que pintó Van Gogh en la plaza. Inédito, increíble, mientras mastico una pizza miro el techo del restaurant que pintó Van gogh hace más de cien años en esta plaza de Arlés. Mi tío me cuenta de una mujer viejísima que murió hace unos años y conoció a Van gogh de pequeña, hasta hace poco era una de las mujeres más viejas del mundo.

Septiembre 2008.

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