El avión aterrizó un poco bruscamente , dió dos o tres cabezazos y frenó varias veces con dureza lo que hizo que los pasajeros nos fueramos hacia adelante consecutivamente en cada frenada. Ya estaba en Roma después de una hora de vuelo, un poco antes de lo previsto. En Girona habían anunciado que el vuelo tardaría 80 minutos. Desde el aeropuerto secundario de la capital italiana hasta Monte Sacro, el Barrio donde vivía mi amigo Stefan, el bus tardó más de una hora. Vivía en un departamento de clase media en un barrio muy tranquilo, alejado del centro; en realidad era la casa de sus padres quienes no sabían que también llegaba yo. Subimos al anteúltimo piso y me hizo esperar en el pasillo mientras saludaba y hablaba con los padres. Luego de un momento salió y me indicó una puerta de servicio en un piso más alto, una zona donde los padres nunca iban. Allí podría dormir seguro sin que me vieran , aunque yo los vería a ellos, me dijo. Y en efecto, cada mañana desde mi cama y por el hueco de la escalera veía ir y venir a la madre, una viejita de abundantes cabellos blancos que se paseaba con el desabillé y hablaba sola en Italiano. Era extraño que no me viera porque yo la veía perfectamente pero por suerte nunca miraba hacia arriba. Eso si, trataba de permanecer en el máximo silencio aunque apenas me movía la cama chirriaba, pero la vieja nunca miraba para arriba.
La tarde de mi llegada traté de dormir un poco pero no pude, estaba muy entuciasmado de estar en Roma por primera vez y miraba por un gran ventanal desde donde se veía la gigante ciudad; había niebla. Antes del atardecer Stefan me indicó como llegar al centro. El bus número 60 llegaba directo a la plaza Venecia y no hacía falta sacar pasaje ni mostrar ningún comprobante para ingresar al vehículo, sólo tenía que tener cuidado de que no subiera el inspector y según él, nunca pasaba. En el metro, en cambio, tenía que cuidarme un poco más pero también podía viajar gratis. Por ahora era fácil tenía techo y transporte cubierto, sólo debía gastar en la comida y en los museos que quisiera entrar. El viaje en el 60 romano fue muy confortable, viajé sentado mirando Roma por la ventanilla y casi al anochecer me bajé enfrente de la famosa Plaza Venecia; ahí estaba ese gigantesco palacio blanco que algunas veces había visto en documetales sobre el fascismo. Pasé por el lado izquierdo del palacio, y a lo lejos, mágicamente, se alzaba el coliseo. Me costaba creerlo pero estaba allí, a unos trecientos metros del coloso de espectáculos bárbaros Romanos. Caminé con exaltación a la vez que miraba a mi derecha la oscuridad del foro Romano iluminado por los focos. Nunca me imaginé que todo estuviera tan bien conservado, parecía como si los romanos todavía estuvieran allí. Me quedé mirando como abobado todas las ruínas alrededor de quince minutos. A lo lejos, en el museo de Arte había una exposición sobre Matisse, se veía el cartel muy bien iluminado pero el espectáculo del foro era impresionante: templos, columnas, arcos, edificios y aunque no podía identificar cada lugar me bastaba con sólo saber que ese era el centro del poder político de la antiguedad. En una placa leí que este lugar estuvo enterrado hasta el siglo XlX cuando fue descubierto por arqueólogos. Luego de mirar un buen rato seguí caminando y a la derecha distinguí cuatro mapas esculpidos en piedra que indicaban el crecimiento del imperio Romano; el último mapa estaba casi todo cubierto por el imperio. Cuando llegué al coliseo ya era de noche y estaba cerrado pero el monumento era iluminado por faroles luminosos. Di varias vueltas y en una esquina le pedí a una chica que me tomara una foto. Típica foto frente al coliseo casi en la oscuridad. Yo, con una vincha roja y atrás mío el coliseo.
sábado, 27 de octubre de 2007
viernes, 26 de octubre de 2007
Esta historia fue verdad pero no la recuerdo con exactitud, es decir, los pormenores de lo que pasó, aunque sí algunos rasgos originales. Había viajado de Amsterdam a Bruselas en tren y estaba muy cansado porque la noche anterior había dormido en la estación luego de haberme fumado dos porros grandes y bien provistos en un bar del barrio rojo que me causaron un efecto extrano haciendome saltar de la cama antes de las tres de la manana. Tenía el teléfono de una chica que había conocido un tiempo atrás en mirallers n. 7 en Barcelona cuando daban un corto conceptual de un director under italiano. Quería dormir sin pagar en la capital Belga porque casi no tenía dinero. Entonces la llamé
Esto pasó tres días después de ese llamado. Anduve caminando por calles vacías y al azar. No había casi nadie en ese barrio de Bruselas donde terminé. El tranvía amarillo me había dejado casi en la puerta de la universidad Libre que hoy domingo estaba cerrada y escondido entre las plantas debía encontrar el sobre del que me habían hablado. Hurgué en el macetero naranja y efectivamente allí estaba todo; lo siguiente era muy fácil, sólo llevarlo y entregarlo.
El viernes, a última hora, este lugar era un conglomerado de estudiantes que entraban y salían, bajaban o subían hacia las aulas interiores, mientras en las calle paraban y arrancaban los pintorescos tranvías amarillos. Yo los miraba desfilar desde la puerta de entrada mientras esperaba a Marisa ( la chica de Ecuador que había conocido en Barcelona) quien me iba a prestar un cuarto para dormir dos días. Casi no la conocía pero no iba a desaprovechar la posibilidad de ahorrarme dos días de hostel u hotel así que con un llamado creí resolver mi problema de vivienda. Habíamos quedado a las tres de la tarde, eran las seis del viernes y todavía no había aparecido. Cada media hora la llamaba desde un locutorio y ella me contestaba lo mismo, "que estaba terminando un trabajo de entrega". Cuando llegó, a eso de las siete, tuve que esperar todavía una hora más a que hablara con uno de los profesores. Luego tomamos otra vez el tranvía hacia el centro de la ciudad y me presentó a varios amigos que de a poco se fueron yendo y sólo quedo uno que siempre se reía. Fuimos a un bar muy conocido de ese barrio a tomar cerveza. Me dijeron que podía elegir entre más de doscientas. "es lo típico de bélgica, igual que las historietas" y nos reimos del lugar común. El amigo de Marisa hablaba casi perfectamente castellano, creo que dijo haber vivido 3 años en Ecuador. Luego nos emborrachamos y caminamos un buen rato, yo no conocía nada de nada, ni los barrios, ni la gente pero estaba con ellos. Al final terminé en el altillo de Marisa, aunque no pude dormir en toda la noche porque empezaba a sospechar algo, aunque no sabía bien qué.
Nada quedaba ahora de la congestión de antes de ayer pero tenía el sobre en la mano y la seguridad que me proporcionaban esos papeles; ahora sólo debía golpear la puerta de la casa y entregarselos a una mujer que seguramente no vería nunca más en mi vida. Era fácil la tarea a cambio de los dos días con sus noches mal dormidas. No sabía nada de nada, sólo debía recoger eso y dejárselo a la mujer. Era mi último paseo por bruselas, después me iría. Claro que tenía curiosidad por saber de que se trataba todo aquel misterio pero mi "comodidad" se pagó con el aplacamiento de la intriga ya que cualquier violación del sobre era muy fácil de percibir, debido a la peculiar forma del paquete, especialmente diseñado para estos casos. También podría haberme escapado con las cosas pero Marisa sabía mi dirección de Barcelona y no valía la pena complicarme. El problema fue que cuando golpié nadie me atendió en aquella casa vieja de dos plantas en el fondo de un callejón. No esperé demasiado y lo dejé como pude en el dintel entreabierto tras la reja. Mi tren partía en una hora y no podía perder más tiempo. No sabría que ese sería el comienzo de una persecusión de la que no me daría cuenta hasta mucho tiempo después. Nunca supe del todo bien si esta historia fue realmente así porque no la recuerdo con exactitud pero lo cierto es que un rato después de dejar el sobre estaba perdido en Bruselas, perdía el tren y mi escaso por no decir nulo francés complicaba todo; para peor estaba seguro de que un hombre me perseguía. Era un pelado de estatura mediana, que cada vez que miraba para atrás hacía como que no me veía y reía con ironía. No quería hablar con la policía para no complicar las cosas pero las calles vacías, la escasa facilidad para comunicarme y la persecución del pelado complicaba todo, además, no tenía ningún conocido en todo bélgica a excepción de Marisa que ya a esta altura la creía cómplice de lo que estaba sucediendo, aunque no podía armar las piezas y todo me resultaba extraño y difuso. No quiero seguir contando mucho más pero para terminar diré que llegué a una estación perdida de metro, pregunté la dirección de la "estación central de trenes" y hacia allá me dirigí. Llegué justo a horario y me subí al comboy que partía hacia Amberes en unos minutos, el hombre seguía tras de mí, traté de dormir pero no podía y no era para más. El efecto de los dos porros fumados en el cofee Shop de amsterdam no se me iba, estaba mareado y no entendía nada de lo que pasaba. Sólo me aseguraba de tener el pasaporte y la billetera con 50 euros en la riñonera para pasar dos últimos días en amsterdam antes de volver a Barcelona.
Esto pasó tres días después de ese llamado. Anduve caminando por calles vacías y al azar. No había casi nadie en ese barrio de Bruselas donde terminé. El tranvía amarillo me había dejado casi en la puerta de la universidad Libre que hoy domingo estaba cerrada y escondido entre las plantas debía encontrar el sobre del que me habían hablado. Hurgué en el macetero naranja y efectivamente allí estaba todo; lo siguiente era muy fácil, sólo llevarlo y entregarlo.
El viernes, a última hora, este lugar era un conglomerado de estudiantes que entraban y salían, bajaban o subían hacia las aulas interiores, mientras en las calle paraban y arrancaban los pintorescos tranvías amarillos. Yo los miraba desfilar desde la puerta de entrada mientras esperaba a Marisa ( la chica de Ecuador que había conocido en Barcelona) quien me iba a prestar un cuarto para dormir dos días. Casi no la conocía pero no iba a desaprovechar la posibilidad de ahorrarme dos días de hostel u hotel así que con un llamado creí resolver mi problema de vivienda. Habíamos quedado a las tres de la tarde, eran las seis del viernes y todavía no había aparecido. Cada media hora la llamaba desde un locutorio y ella me contestaba lo mismo, "que estaba terminando un trabajo de entrega". Cuando llegó, a eso de las siete, tuve que esperar todavía una hora más a que hablara con uno de los profesores. Luego tomamos otra vez el tranvía hacia el centro de la ciudad y me presentó a varios amigos que de a poco se fueron yendo y sólo quedo uno que siempre se reía. Fuimos a un bar muy conocido de ese barrio a tomar cerveza. Me dijeron que podía elegir entre más de doscientas. "es lo típico de bélgica, igual que las historietas" y nos reimos del lugar común. El amigo de Marisa hablaba casi perfectamente castellano, creo que dijo haber vivido 3 años en Ecuador. Luego nos emborrachamos y caminamos un buen rato, yo no conocía nada de nada, ni los barrios, ni la gente pero estaba con ellos. Al final terminé en el altillo de Marisa, aunque no pude dormir en toda la noche porque empezaba a sospechar algo, aunque no sabía bien qué.
Nada quedaba ahora de la congestión de antes de ayer pero tenía el sobre en la mano y la seguridad que me proporcionaban esos papeles; ahora sólo debía golpear la puerta de la casa y entregarselos a una mujer que seguramente no vería nunca más en mi vida. Era fácil la tarea a cambio de los dos días con sus noches mal dormidas. No sabía nada de nada, sólo debía recoger eso y dejárselo a la mujer. Era mi último paseo por bruselas, después me iría. Claro que tenía curiosidad por saber de que se trataba todo aquel misterio pero mi "comodidad" se pagó con el aplacamiento de la intriga ya que cualquier violación del sobre era muy fácil de percibir, debido a la peculiar forma del paquete, especialmente diseñado para estos casos. También podría haberme escapado con las cosas pero Marisa sabía mi dirección de Barcelona y no valía la pena complicarme. El problema fue que cuando golpié nadie me atendió en aquella casa vieja de dos plantas en el fondo de un callejón. No esperé demasiado y lo dejé como pude en el dintel entreabierto tras la reja. Mi tren partía en una hora y no podía perder más tiempo. No sabría que ese sería el comienzo de una persecusión de la que no me daría cuenta hasta mucho tiempo después. Nunca supe del todo bien si esta historia fue realmente así porque no la recuerdo con exactitud pero lo cierto es que un rato después de dejar el sobre estaba perdido en Bruselas, perdía el tren y mi escaso por no decir nulo francés complicaba todo; para peor estaba seguro de que un hombre me perseguía. Era un pelado de estatura mediana, que cada vez que miraba para atrás hacía como que no me veía y reía con ironía. No quería hablar con la policía para no complicar las cosas pero las calles vacías, la escasa facilidad para comunicarme y la persecución del pelado complicaba todo, además, no tenía ningún conocido en todo bélgica a excepción de Marisa que ya a esta altura la creía cómplice de lo que estaba sucediendo, aunque no podía armar las piezas y todo me resultaba extraño y difuso. No quiero seguir contando mucho más pero para terminar diré que llegué a una estación perdida de metro, pregunté la dirección de la "estación central de trenes" y hacia allá me dirigí. Llegué justo a horario y me subí al comboy que partía hacia Amberes en unos minutos, el hombre seguía tras de mí, traté de dormir pero no podía y no era para más. El efecto de los dos porros fumados en el cofee Shop de amsterdam no se me iba, estaba mareado y no entendía nada de lo que pasaba. Sólo me aseguraba de tener el pasaporte y la billetera con 50 euros en la riñonera para pasar dos últimos días en amsterdam antes de volver a Barcelona.
sábado, 20 de octubre de 2007
Cuando llegué el portero me increpó ¿ a dónde vas? pero yo sólo le dije hola y no agregué nada más. El tipo pareció molestarse y me dijo con orgullo "soy el portero hermano", de que te ofendés. "Yo no me ofendí", le contesté y le respondí que iba al séptimo 4to. Ah, a lo de Mónica, me dijo más satisfecho y pareció sentirse contento de mi respuesta. Sospeché algo raro. Arrastré los bultos y tomé el ascensor. En el departamento estaba Mónica y su madre peleándose a los gritos. Les entregué los 600 euros ( 300 de depósito + 300 de fianza) y dejé mis bolsos en la habitación. Era la habitación de una niña pequeña, seguramente la hija de Mónica. Había osos de peluches, muñecas, florcitas de plástico, ropa de la niña en los cajones y en los estantes, cartulinas pintadas de colores. Dejé todo dónde pude porque el espacio era reducido. Sólo colgué la tela del dios Hindú en el placard. A los cinco minutos Mónica se me acerca y me empieza a explicar entre llantos muchos de sus problemas, especialmente el último con el portero. Parece que el tipo le reclamaba 150 Euros que ella no podía pagarle por ahora. Decía: "es prestamista, tiene negocios en Ecuador, acá, tiene mucho dinero y no puede esperar un tiempo más conociendo mi situación", "más conozco al mundo y más me espanto le escuchaba decir" y luego "toda le gente es una mierda" y así una y otra vez; a veces se daba vuelta y le gritaba a la madre en Catalán y luego pasaba al castellano y me contaba todo a mí: "Es prestamista, tiene negocios en ecuador", volvió a decir mientras lloraba. Luego de esto me pidió dinero. Le dije varias veces que no, que recién le había pagado pero insistía al tiempo que se abría la bata y me mostraba rápidamente sus pechos redondos y caídos, "necesito dinero, dame lo que tengas, debo darle algo al portero, por favor" Le dí todo lo que tenía en ese momento, 25 Euros, mientras miraba como mi billetera quedaba vacía. Me fui a trabajar y que sea lo que Dios quiera pensé entre mí, sólo espero que cuando vuelva estén mis cosas. Antes de salir pude comprobar que la casa estaba bastante abandonada: la cocina sucia, el pasillo sin luz, los interruptores sin tapas, además por ahora no había agua, pero había que adaptarse al nuevo lugar. Saludé a mónica, bajé por las escaleras y volví a saludar al portero. Me dijo: "chau hermano". Luego, escuché que le decía a una vecina "hay que ver cuanto aguanta".
domingo, 14 de octubre de 2007
Primer día de trabajo en "map 21", "servicios publicitarios". Me levanté a las siete de la mañana, muy temprano si lo comparo con el último tiempo en Argentina (cuando vendía libros) y en Barcelona donde por lo general me estaba despertando antes de las nueve, aunque un buen horario si lo comparo con todo el 2005, cuando atendía el puesto de Diarios de Saenz Peña y Estados Unidos y tenía que despertarme antes de las cinco, aunque después muchas veces dormía la siesta. Sin embargo, a pesar del horario, la época del Kiosco de diarios la recuerdo con cariño: la gente, el barrio, la insinuación a las chicas, los travestis, el café de la esquina atendido por Mariana. Espero que ahora a osvaldo le esté yendo bien con el pequeño puesto, todo eso es otro tema, ahora muy atrás, aunque haya sido nada más que en el 2005 y parte del 2006, menos de dos años de distancia que parecen mucho más.
Bueno, desayuné unas tostadas con manteca y miel, salí de mi casa rápido y enfilé por Argenterías hasta la estación Jaume 1. Me colé en el metro y en Verdaguer hice combinación hasta Cornellá, unos veinte minutos desde el centro; allí tomé el moderno y nuevo tranvía una sola parada, hasta la carretera Espugler donde quedaba el depósito de la empresa. Al cruzar la Avenida vi que el portón estaba abierto y había movimiento de personas y furgonetas. Desde lejos vi a un jóven que esperaba fumando y rápidamente me di cuenta de que era el mismo que había visto el jueves pasado cuando vine a hacer la entrevista. Era un Brasilero que estaba en Barcelona desde Julio, casi desde el mismo tiempo que yo. Aquel día habiamos hablado un poco y me había contado que era de Bahía y que su casa en Brasil se hallaba a 500 metros del mar. Se había casado con una chica de Zaragoza y se habían instalado en Barcelona hacía unos meses.
Entramos al depósito y me recibió la mujer que me había hecho la entrevista la semana anterior, creo que la dueña o una de ellas. En el trajín del momento me mostró el contrato y me hizo firmar unas hojas. Mi contrato era temporal, sólo duraba un mes. "ojalá dure un mes", pensé entre mí. Firmé rápidamente y fui hasta el fondo del taller. Allí me esperaba mi "jefe de equipo", un hombre de unos cuarenta años, con aspecto de profesor de gimnasia de escuela secundaria: flaco, móvil, flexible, con el pelo teñido de rubio y el metón sobresalido hacia afuera, como un hombre de Neandhertal o un Vikingo pacífico. Me dijo que lo siguiera y me llevó hasta un cuarto amplio, un especie de gabinete de educación física con una mesa redonda de madera en el centro y un espejo en la pared. En una esquina había una pequeña cocina y en un extremo, el baño. Me dijo: "esto lo cuidamos entre todos, cada día lo limpia uno de nosotros después del almuerzo". Luego volvimos y nos pusimos a cargar cajas en una de las furgonetas. Las cajas contenían publicidades de distintas empresas: sillones, electrodomésticos, muebles. Llenamos el vehículo hasta el tope, luego pusimos como pudimos las carretillas. Un momento después llegó el brasileño con otro chico de la empresa que era jefe de reparto; un ecuatoriano que parecía muy integrado a la vida catalana, era muy jóven, de menos de 25 años. El brasileño y yo nos subimos en los asientos de atrás mientras el rubio catalán manejaba; el ecuatoriano iba de acompañante y entre ellos hablaban de los partidos del domingo, especialmente del que había jugado el barca. El ecuatoriano hablaba con todos los giros españoles tío, joder, se le fue la olla... Salimos de la empresa casi a las 9 de la mañana y la calle estaba muy congestionada aunque la camioneta se abría paso entre la carretera llena de autos. La mañana era muy fría y a medida que avánzábamos el paisaje se abría: de un lado a lo lejos se veían las montañas, del otro antenas, torres, chimeneas, fábricas, un paisaje industrial. Nos alejábamos de la ciudad, creo que íbamos hacia Mataró donde debíamos repartir publicidad toda la mañana. Una vez yo había estado en Mataró simplemente por curiosidad. Recuerdo que había llegado en tren desde Barcelona y me había bajado en esa estación como me podría haber bajado en cualquier otra. Ese día me quedé mirando el mar más de dos horas y luego había caminado por sus calles durante toda la tarde y había terminado sentado en un parque observando el ritmo de la pequeña ciudad. Ahora no llegaba para pasear sino para repartir publicidad. Cuando el jefe de equipo me mostró el mapa de lo que tenía que repartir en 4 horas me asusté; era un cuadrado gigante que abarcaba gran parte de la ciudad. Cargué la carretilla y enfile hacia la zona donde debía empezar. Antes de comenzar a trabajar leí en un periódico que Wody Allen Filmaría en Barcelona en pocos días.
Febrero del 2007
Bueno, desayuné unas tostadas con manteca y miel, salí de mi casa rápido y enfilé por Argenterías hasta la estación Jaume 1. Me colé en el metro y en Verdaguer hice combinación hasta Cornellá, unos veinte minutos desde el centro; allí tomé el moderno y nuevo tranvía una sola parada, hasta la carretera Espugler donde quedaba el depósito de la empresa. Al cruzar la Avenida vi que el portón estaba abierto y había movimiento de personas y furgonetas. Desde lejos vi a un jóven que esperaba fumando y rápidamente me di cuenta de que era el mismo que había visto el jueves pasado cuando vine a hacer la entrevista. Era un Brasilero que estaba en Barcelona desde Julio, casi desde el mismo tiempo que yo. Aquel día habiamos hablado un poco y me había contado que era de Bahía y que su casa en Brasil se hallaba a 500 metros del mar. Se había casado con una chica de Zaragoza y se habían instalado en Barcelona hacía unos meses.
Entramos al depósito y me recibió la mujer que me había hecho la entrevista la semana anterior, creo que la dueña o una de ellas. En el trajín del momento me mostró el contrato y me hizo firmar unas hojas. Mi contrato era temporal, sólo duraba un mes. "ojalá dure un mes", pensé entre mí. Firmé rápidamente y fui hasta el fondo del taller. Allí me esperaba mi "jefe de equipo", un hombre de unos cuarenta años, con aspecto de profesor de gimnasia de escuela secundaria: flaco, móvil, flexible, con el pelo teñido de rubio y el metón sobresalido hacia afuera, como un hombre de Neandhertal o un Vikingo pacífico. Me dijo que lo siguiera y me llevó hasta un cuarto amplio, un especie de gabinete de educación física con una mesa redonda de madera en el centro y un espejo en la pared. En una esquina había una pequeña cocina y en un extremo, el baño. Me dijo: "esto lo cuidamos entre todos, cada día lo limpia uno de nosotros después del almuerzo". Luego volvimos y nos pusimos a cargar cajas en una de las furgonetas. Las cajas contenían publicidades de distintas empresas: sillones, electrodomésticos, muebles. Llenamos el vehículo hasta el tope, luego pusimos como pudimos las carretillas. Un momento después llegó el brasileño con otro chico de la empresa que era jefe de reparto; un ecuatoriano que parecía muy integrado a la vida catalana, era muy jóven, de menos de 25 años. El brasileño y yo nos subimos en los asientos de atrás mientras el rubio catalán manejaba; el ecuatoriano iba de acompañante y entre ellos hablaban de los partidos del domingo, especialmente del que había jugado el barca. El ecuatoriano hablaba con todos los giros españoles tío, joder, se le fue la olla... Salimos de la empresa casi a las 9 de la mañana y la calle estaba muy congestionada aunque la camioneta se abría paso entre la carretera llena de autos. La mañana era muy fría y a medida que avánzábamos el paisaje se abría: de un lado a lo lejos se veían las montañas, del otro antenas, torres, chimeneas, fábricas, un paisaje industrial. Nos alejábamos de la ciudad, creo que íbamos hacia Mataró donde debíamos repartir publicidad toda la mañana. Una vez yo había estado en Mataró simplemente por curiosidad. Recuerdo que había llegado en tren desde Barcelona y me había bajado en esa estación como me podría haber bajado en cualquier otra. Ese día me quedé mirando el mar más de dos horas y luego había caminado por sus calles durante toda la tarde y había terminado sentado en un parque observando el ritmo de la pequeña ciudad. Ahora no llegaba para pasear sino para repartir publicidad. Cuando el jefe de equipo me mostró el mapa de lo que tenía que repartir en 4 horas me asusté; era un cuadrado gigante que abarcaba gran parte de la ciudad. Cargué la carretilla y enfile hacia la zona donde debía empezar. Antes de comenzar a trabajar leí en un periódico que Wody Allen Filmaría en Barcelona en pocos días.
Febrero del 2007
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