Hoy estuve en Manresa; A la mañana, como nunca me fijo los horarios, por uno o dos segundos perdí el tren. Pude sobrellevar la espera porque tenía el libro de Bolaño "Entre Parentesis", un libro que es demasiado, un libro que contiene miles de libros, un libro que es una guía de lecturas, experiencias y viajes entre infinidad de cosas más que son estos ensayos, artículos, piezas, cuentos, recuerdos o como se quiera llamar a su contenido; un libro donde uno se da cuenta de que el escritor está diciendo todo lo que sabe sin regatear nada y compartiendo sus conocimientos con el lector; solo se puede agradecer ante un libro así. No se puede decir nada más que contagiar su lectura y si es posible sugerir que se lea al azar dejando que cualquier artículo se interponga al ojearlo y escribir en un papel en blanco las miles de citas y recomendaciones. Cuantas veces buscamos una guía de lecturas, sugerencias para abordar nuevos textos y no sabemos a donde recurrir, a quien preguntar que nuevos libros leer! Pues acá tenemos una enorme, casi interminable. Me siento ridículo diciendo todo esto, más teniendo en cuenta la moda Bolaño pero hay modas y modas y que mejor que la moda de un buen escritor y es lo que siento frente a este grande literario a pesar de no haber leído demasiado o muy poco: Nocturno de Chile, Amberes, Monseñor Poin y El gaucho insufrible, una novelita Lumpen. Luego de leer bastante llegó el tren y en el viaje a Manresa seguí leyendo. Entre la espera en Plaza Cataluña y el viaje tardé más de dos horas en llegar. Es bello el paisaje antes de arribar a Manresa con la montaña de Montserrat recortada a lo lejos en el cielo, luego algunos pueblos y bosques; al llegar se ve la Gran catedral y un edificio alargado, antiguo y seguramente histórico que está un poco antes de la estación; un edificio que nunca supe bien que era. Hoy hice entrevistas por muchas calles, la primera, a una señora de edad la hice en catalán, leyendo con dificultad pero no pasé al castellano en ningún momento, en Manresa el catalán se habla con mucha más asiduidad; fue pasando el día y también me acuerdo de la calle Bilbao donde le hice la última encuesta a un Cubano de la ciudad de Olguín que estaba aprendiendo catalán con los cursos del ayuntamiento, esa fue la última encuesta. Luego me fui caminando despacio y observé la iglesia por la parte de atrás justo cuando sonaba el campanario de las nueve y la luna iluminaba esa parte de la catedral gótica. No se veía gente por ningún lado, todo parecía fantasmal. Para llegar a la estación de trenes bajé por una callecita vieja y estrecha con edificios muy antiguos; me parecía estar en la mismisima edad media con la calle en bajada y las antiquísimos construcciones. Luego crucé el puente del río hasta la estación. Tuve que esperar otra vez una hora más. Por suerte llevaba conmigo el libro de Bolaño que seguí leyendo al azar. Llegué a Barcelona muy tarde.
Otro día en Manresa: Barrio de las Fonts, cerca de los ferrocarriles catalanes. Hice siete encuestas. Paré en un bar debajo de los blockes. Dos hombres discutían de fútbol, uno era del Español, el otro del Barca. Tomé el café y seguí con las encuestas. LLegué muy tarde a Plaza España. LLegaba del trabajo y tenía pocas ganas de escribir, entraba en el block pero apenas escribía. Prefería buscar información en el google o mirar videos en you tubbe, además pensaba que no tenía nada importante para decir más allá de la reiterada sensación de soledad y las ganas de hacer pero no saber qué, estaba llegando a ese punto en que no sabía si servía realmente para lo que había querido hacer; también pensaba que siempre escribía sobre lo mismo y no había variedad en los temas. A veces escribía apenas cinco renglones por día o menos y lo dejaba o corregía algunas líneas de un texto anterior. Pensar en los mensajes que me había intercambiado con María, la chica paraguaya, amiga me daba un poco de alegría. Ya iban varias veces que me encontraba en el barrio de Guinardó con ella, calle Bruselas 45, subiendo la gran escalinata, junto a la plaza, pero me había visto tantas veces y ya me estaba cansando de que no pasara nada. Yo ya le había dicho que me gustaba pero ella siempre lo postergaba y ya me estaba resignando como otras veces. Cuanto más hay que hacer ? Cuando ella me pide que vaya, yo estoy sin ningún reparo en cambio cuando soy yo el que le pido de vernos no siempre puede. Habrá que adaptarse a esas condiciones si así son las cosas, pero la verdad que no me siento bien de que sea así.
domingo, 29 de marzo de 2009
miércoles, 25 de marzo de 2009
Trataba hace tiempo de escribir un cuento pero se sentaba frente a la página en blanco y no le salía nada. Buscaba recuerdos e historias vividas, conversaciones de la calle, argumentos de viejos libros y películas olvidadas que lo inspiraran y le sirvieran a la hora de empezar pero o bien dejaba la pagina sin letras o escribía algunas lineas que a él le parecían que no valían demasiado. Leía los cuentos de otros escritores, comparaba y se quedaba admirado de la trama, el tiempo, el desarrollo, los diálogos, los finales sorprendentes, en fin, todos o algunos de los elementos necesarios para escribir un buen texto. Soñaba con escribir así algúna vez.
Así pasaban sus días entre la página en blanco y su deseo de escribir un cuento. Muchas veces se desanimaba y pensaba que nunca escribiría si quiera tan sólo un relato que valiera la pena. Uno de esos días se encontró con un amigo en un bar; era uno de los amigos que no escribía ni tenía nada que ver con la literatura sino que atendía una cristalería en una calle concurrida del centro de la ciudad. Su amigo no escribía pero estaba en contacto con mucha gente debido a su trabajo y tenía contacto con la vida, como se suele decir. Ese día, entre unas copas de vino, hablaron cada cual de sus cosas; su amigo le contó algunas anécdotas del negocio y las peleas constantes con su padre, el dueño de la pequeña cristalería, un hombre mayor que quería seguir controlandolo todo de modo tiránico a sus más de setenta años. Cuando este paró de despotricar contra su progenitor, él le manifestó su desconsuelo por no poder escribir nada a pesar de que lo deseaba e intentaba.
- es que no me sale nada le dijo con amargura.
Su amigo frunció las cejas y lo miró un poco raro
- No te pongas metas difíciles, empezá por lo que sepas, escribí sobre tus vivencias.
- Así suena fácil pero me cuesta mucho
- No, no pienses demasiado, sólo escribí, vas a ver que si escribís sobre tus experiencias seguro que va a gustar.
Al otro día, en su casa, y con el mismo sindrome de no poder escribir recordó la conversación y pensó que lo que le había dicho su amigo había estado bien. No tenía que darle tantas vueltas, solo escribir lo que le saliera, más allá de los resultados.
Desde esa conversación empezó a escribir un cuento todos los días, algunos, quizás la mayoría, del montón, pero siempre había alguno que le parecía más valioso y sobre esos estaba dispuesto a trabajar. Se dió cuenta de que era importante escribir aunque las cosas no salieran como quisiera y comprobó que estaba escribiendo mucho más seguido y mejor. Si, la sugerencia de su amigo era sencilla pero muchas veces no le damos importancia a las cosas sencillas que están frente a nuestros ojos, pensó.
Unas semanas después, se volvió a encontrar con su amigo y le agradeció su consejo. Ahora si estaba escribiendo mucho más y aunque lentas, notaba algunas mejoras. Su amigo, en cambio, estaba muy apesadumbrado y harto de soportar a su padre que siempre tenía algo que decirle y nunca miraba las cosas buenas que hacía en el trabajo, sólo le recriminaba los errores por más mínimos que fueran. Le decía que ya no sabía que hacer pero nunca había hecho más que ese trabajo y no quería buscar otro. Hablaron un rato sobre esto y cuando al primero le llegó el momento de dar la sugerencia simplemente le preguntó si a su padre le gustaba leer. Este le dijo que sabía que de jóven lo había hecho pero que ultimamente no lo veía con ningún libro en la mano. Entonces el le propuso que cada mañana le enviaría un relato a su padre para ver si cambiaba su estado de ánimo y su relación con él o simplemente para que leyera algo; no es que se creyera un salvador con sus cuentos o algo por el estilo pero quizás conociendo la problemática pudiera escribir algo, además de que era un estímulo para poder escribir y que alguien lo pudiera leer ya que nadie leía lo que él escribía. El amigo le dijo que el se encargaría de dárselo pero que no le garantizaba que el padre los leyera. Sin embargo, las dudas se despejaron y el padre leía los relatos todas las mañanas antes del ajetreo de la mañana en el negocio. Después de leer el periódico el hombre se enfrascaba unos minutos con el cuento para luego ponerse a controlar la mercancía y a organizar las cosas. A veces reía, a veces se quedaba pensando, algunas veces llegó a murmurar algo pero no solía comentar los argumentos con el hijo con el cual la relación no cambiaba demasiado. Los cuentos y relatos hablaban sobre distintos temas, algunos hacían alusión a la relación padre e hijo, otros a los conflictos laborales y otros solamente narraban aspectos de la vida cotidiana. El amigo escribía religiosamente cada día su cuento, el hombre los leía y así pasaron varios meses.
Un tiempo después los amigos se volvieron a encontrar para hablar largamente y los dos notaron que las cosas habían cambiado mucho. El escritor se quedó sorprendido al enterarse que el padre se había retirado y no trabajaba más y el hijo se encargaba libremente de la faena sin las constantes presiones de su padre. Por otro lado el amigo lo notaba mucho mejor a pesar de que sus cuentos solo eran leídos por el padre quien no daba una opinión, solo los leía. Siguieron hablando toda la tarde, nunca supieron porque el padre se había retirado del negocio con tanta calma, tampoco el hijo le quiso insistir demasiado. Las cosas en poco tiempo eran otras: los dos amigos se dedicaban con tranquilidad a lo que querían y aunque a los dos les faltaba mucho para lograr lo que se proponían sentían que estaban en camino. EL padre descansaba y cada día seguía leyendo los textos. Quizás la literatura sea eso, ordenar y contar los hechos cotidianos simples, poner en el papel las cosas que no se dan y uno desearía en la vida pensó el amigo que escribía.
Así pasaban sus días entre la página en blanco y su deseo de escribir un cuento. Muchas veces se desanimaba y pensaba que nunca escribiría si quiera tan sólo un relato que valiera la pena. Uno de esos días se encontró con un amigo en un bar; era uno de los amigos que no escribía ni tenía nada que ver con la literatura sino que atendía una cristalería en una calle concurrida del centro de la ciudad. Su amigo no escribía pero estaba en contacto con mucha gente debido a su trabajo y tenía contacto con la vida, como se suele decir. Ese día, entre unas copas de vino, hablaron cada cual de sus cosas; su amigo le contó algunas anécdotas del negocio y las peleas constantes con su padre, el dueño de la pequeña cristalería, un hombre mayor que quería seguir controlandolo todo de modo tiránico a sus más de setenta años. Cuando este paró de despotricar contra su progenitor, él le manifestó su desconsuelo por no poder escribir nada a pesar de que lo deseaba e intentaba.
- es que no me sale nada le dijo con amargura.
Su amigo frunció las cejas y lo miró un poco raro
- No te pongas metas difíciles, empezá por lo que sepas, escribí sobre tus vivencias.
- Así suena fácil pero me cuesta mucho
- No, no pienses demasiado, sólo escribí, vas a ver que si escribís sobre tus experiencias seguro que va a gustar.
Al otro día, en su casa, y con el mismo sindrome de no poder escribir recordó la conversación y pensó que lo que le había dicho su amigo había estado bien. No tenía que darle tantas vueltas, solo escribir lo que le saliera, más allá de los resultados.
Desde esa conversación empezó a escribir un cuento todos los días, algunos, quizás la mayoría, del montón, pero siempre había alguno que le parecía más valioso y sobre esos estaba dispuesto a trabajar. Se dió cuenta de que era importante escribir aunque las cosas no salieran como quisiera y comprobó que estaba escribiendo mucho más seguido y mejor. Si, la sugerencia de su amigo era sencilla pero muchas veces no le damos importancia a las cosas sencillas que están frente a nuestros ojos, pensó.
Unas semanas después, se volvió a encontrar con su amigo y le agradeció su consejo. Ahora si estaba escribiendo mucho más y aunque lentas, notaba algunas mejoras. Su amigo, en cambio, estaba muy apesadumbrado y harto de soportar a su padre que siempre tenía algo que decirle y nunca miraba las cosas buenas que hacía en el trabajo, sólo le recriminaba los errores por más mínimos que fueran. Le decía que ya no sabía que hacer pero nunca había hecho más que ese trabajo y no quería buscar otro. Hablaron un rato sobre esto y cuando al primero le llegó el momento de dar la sugerencia simplemente le preguntó si a su padre le gustaba leer. Este le dijo que sabía que de jóven lo había hecho pero que ultimamente no lo veía con ningún libro en la mano. Entonces el le propuso que cada mañana le enviaría un relato a su padre para ver si cambiaba su estado de ánimo y su relación con él o simplemente para que leyera algo; no es que se creyera un salvador con sus cuentos o algo por el estilo pero quizás conociendo la problemática pudiera escribir algo, además de que era un estímulo para poder escribir y que alguien lo pudiera leer ya que nadie leía lo que él escribía. El amigo le dijo que el se encargaría de dárselo pero que no le garantizaba que el padre los leyera. Sin embargo, las dudas se despejaron y el padre leía los relatos todas las mañanas antes del ajetreo de la mañana en el negocio. Después de leer el periódico el hombre se enfrascaba unos minutos con el cuento para luego ponerse a controlar la mercancía y a organizar las cosas. A veces reía, a veces se quedaba pensando, algunas veces llegó a murmurar algo pero no solía comentar los argumentos con el hijo con el cual la relación no cambiaba demasiado. Los cuentos y relatos hablaban sobre distintos temas, algunos hacían alusión a la relación padre e hijo, otros a los conflictos laborales y otros solamente narraban aspectos de la vida cotidiana. El amigo escribía religiosamente cada día su cuento, el hombre los leía y así pasaron varios meses.
Un tiempo después los amigos se volvieron a encontrar para hablar largamente y los dos notaron que las cosas habían cambiado mucho. El escritor se quedó sorprendido al enterarse que el padre se había retirado y no trabajaba más y el hijo se encargaba libremente de la faena sin las constantes presiones de su padre. Por otro lado el amigo lo notaba mucho mejor a pesar de que sus cuentos solo eran leídos por el padre quien no daba una opinión, solo los leía. Siguieron hablando toda la tarde, nunca supieron porque el padre se había retirado del negocio con tanta calma, tampoco el hijo le quiso insistir demasiado. Las cosas en poco tiempo eran otras: los dos amigos se dedicaban con tranquilidad a lo que querían y aunque a los dos les faltaba mucho para lograr lo que se proponían sentían que estaban en camino. EL padre descansaba y cada día seguía leyendo los textos. Quizás la literatura sea eso, ordenar y contar los hechos cotidianos simples, poner en el papel las cosas que no se dan y uno desearía en la vida pensó el amigo que escribía.
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