Es la primera vez que vengo a esta Playa; hacía tiempo que quería venir pero por una cosa u otra nunca podía. Hoy me tocó trabajar en el pueblo y me ocupé de terminar las encuestas temprano para poder conocer el lugar. Terminé el trabajo a las seis de la tarde cuando el sol todavía calentaba con mucha fuerza. Desde donde me encontraba hasta la avenida de la costa el bus tardó unos quince minutos. El trayecto lo hizo por calles pintorescas de casas residenciales; a los diez minutos cruzamos con rapidez un gran puente de cemento rojo y un poco después ya se veía el mar. Caminé un poco a través de una explanada, me saqué las zapatillas y empecé a respirar con tranquilidad el aire que venía del mar. Alguna vez escuché a alguien decir que en Casteldefels estaban las mejores playas cercanas a Barcelona y la verdad que el paisaje y la dimensión de la playa me impresionaron como para entender esa opinión. A la derecha el sol descendía lentamente tras las montañas que se veían brumosas, como si sólo resaltaran los contornos en su caída al Mediterráneo. Más atrás estaban las colinas de Garraf, más atrás Sitges. Había muy poca gente; apenas algunas figuras indistinguibles a lo lejos en este viernes de fines de junio. El cielo de un color celeste sin nubes y un viento necesario que aliviaba del calor. Estoy tirado, descanso del trabajo y sólo miro el mar. A medida que la hora avanza y el sol deja de reflejar, las montañas empiezan a verse con mayor nitidez. El único sonido es el de las olas que caen suaves sobre la arena. A la izquierda, en el cielo, se observan los aviones que despegan desde el prat; uno tras otro, con intervalos de apenas un minuto, se elevan hasta ser tragados por la lejanía; a veces se pueden ver hasta tres juntos en el cielo, uno muy lejos de otros.
Detrás mío hay bosques y un poco más a la derecha edificios turísticos de temporada vacíos. Son quilómetros y quilómetros de playas inmensas que ahora se ven practicamente desiertas. ¿ que hago aquí? no tengo respuesta, vine a pasear, a conocer. Guardo la computadora de trabajo en la mochila y la dejo a un costado, uso las zapatillas como almohada y miro hacia el mar y otra vez hacia las montañas que caen al mar. La temperatura del fin del día es tibio, el sol se oculta con lentitud; me siento sólo y sin un estado de ánimo definible, como si no hubiera nada que hacer, aunque si me gustaría hacer, como si algo de lo que todos participan me fuera negado siempre; se que es la tristeza habitual contra la que ya no puedo hacer nada, un estado de melancolía y abatimiento que me llega sin buscarlo y un impedimento por asir todo esto de lo que soy testigo, nada nuevo, la soledad, el miedo, la incomunicación y el rencor que tengo adentro contra todo lo que considero malo del mundo que no cambia y no puedo cambiar. A veces siento que no sé que hacer con mi vida, cada camino que intento se agota en la decepción y en la falta de estímulo.
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