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Y muchas veces, cuando yo te llamaba para salir vos me contestabas que en ese momento no podías, que lo dejaramos para otro día porque tenías cosas que hacer y yo te respondia que no había problema, que te volvía a llamar más adelante aunque por dentro me moría y me matara ese no, esa postergación. En cambio cada vez que vos llamabas para salir yo estaba siempre dispuesto, pasara lo que pasara, incluso aunque jugara San Lorenzo, la seleccion o tocaran Los redondos y me doliera no poder ir prefería estar con vos; siempre te decía que si, aunque disimulara una duda, aunque finjiera vacilar. Pero mientras hacía mi comedia de la duda me preguntaba si a vos te afectaría que yo te dijera que no y no sabía que pensar, pero jamás fui capaz de decirte que no ¡ ni siquiera los días en que andaba algo presuntuoso! jamás te decía que no y así fue siempre con vos y lo sabías muy bien. Sabías que podías tardar más de media hora en llegar a cualquier esquina en la que habíamos quedado para encontrarnos y yo estarìa esperandote, siempre esperandote. Ni hablar cuando llegaba a tu casa con puntualidad y vos tardabas un rato en salir. Y me sentía bien cuando tocaba el timbre y esperaba en la puerta a que salieras, miraba a través del pasillo como se encendían las luces en la casa, el ruido de las llaves en la puerta, tus pasos lentos acercandose en la oscuridad. Y como me gustaba entrar a tu casa y verte alegre porque yo había llegado, esa sonrisa era lo que más me complacía, nada pagaba la sensación de verte contenta porque yo llegaba; como me gustaba hablar de lo que haríamos esa noche: escuchar tango o rock, rezar para que funcione el video y mirar alguna película, tomar cerveza, escribir poesía entre los dos y dejar que la noche fuera avanzando y cubriera de sombras el pequeño patio al fondo de esa casa chorizo que se parecía a la vecindad del chavo. Como me acuerdo de esos momentos de complicidad y miradas compinches, esas noches de verano persisten inalterables en mi memoria, es un tesoro que se niega a caer de mi pasado. Yo solía llegar a eso de las diez y un rato después hacíamos el pedido a la pizzería. Casi siempre pedíamos seis empanadas y dos cervezas. Yo me moría de celos si ibas a atender vos y te retrasabas más de la cuenta, desde atrás del pasillo controlaba que no hubiera una palabra de más con quien te entregara la pizza; te celaba aunque no tardaras mucho tiempo; a mí me parecía interminable, me parecía que te querían levantar. Pensaba que tendría que haber ido yo y no dejarte sola, aunque fueras la dueña de la casa. Ay, como me gustabas, siempre me pareció que escondías algo, una vida de la que yo no podía formar parte, algo que se me negaba aunque tratara de hablar mucho para sacarte todo, siempre me daba la impresión de que me escondías facetas de tu vida; me parecía que había algo esencial que me ocultabas y que siempre iba a conocerte hasta ahí. Una vez se me ocurrió decirte que estabas más abierta conmigo que me estabas contandome más cosas y vos apenas sonreiste diciendome que no tenía porque saber todo sobre vos y que no había más que lo que me decías, que no me estabas ocultando nada que no existían ningún caparazón. Y así pasaron varias noches de las que se me hace dificil olvidar; como no recordar lo que para mi representaba todo en ese momento.
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