Pasé la noche en Blanes sin dormir porque perdí el tren, aunque en realidad no me preocupé demasiado por ver los horarios en que volvían a Barcelona; creo que dejé que el azar dirimiera mi suerte, quizás me daba lo mismo ya que la noche estaba muy linda y unos afiches anunciaban recitales que me interesaban en el marco de la conmemoración del 11 de septiembre en Cataluña. De todos modos fui caminando hasta la estación y tarde cerca de media hora donde me enteré que el último tren a Barcelona había pasado a las 22:00 y ya eran las 23:00 además en la estación no había nadie y estaba todo cerrado y oscuro. Volví caminando otra vez a la costa y como me perdí en un barrio de bloques, adonde siempre volvía, dando sin saber vueltas circulares, tardé casi una hora en llegar otra vez a la zona de la playa. Tocaban varias bandas. Cuando llegué tocaba Obert- Pas, banda catalana independentista, aunque después me enteré que eran de Valencia. El recital lo organizaba Esquerra, la izquierda catalana y se cantó contra el fascismo antiguo y actual, aunque la verdad que no me gusta demasiado el nacionalismo catalán, aunque si la lengua y su cultura. El ambiente estaba muy movido y animado, las canciones me gustaron así que´por momentos me unía al baile SKA. La banda anterior cuyo nombre no me acuerdo había hecho te "tiraré del altar" de los cadillacs, cuya versión me llamó mucho la atención por la variación que hacían de la melodía cuando iba rápido: "cuando comienza a irse el sol y la ceveza ya se empieza a acabar"... además de la pronunciación con zeta española. En la explanda del paseo marítimo había mucha gente, la noche era hermosa con la luna iluminando el mar y todo el espectáculo. El recital duró hasta casi la 2:30 y luego me quedé un tiempo sentado en una silla, al lado de un stand donde vendían remeras con estrellas y banderas independentistas, además de otras con el estampado de la banda; vi como unos ingleses compraban varias de estas remeras y me pregunté si entenderían algo de lo que significaban los logos sobre la; después di vueltas por el centro de la ciudad y traté de dormir en un banco, pero el frío no me dejaba y siempre me terminaba levantando de los lugares en que me tiraba; no iba a pagar un hotel para dormir tres horas así que la decisión era dura y como siempre que duermo en la calle las horas de la madrugada son las más difíciles, no pasan nunca. Alrededor de las cuatro y media caminé en dirección a la estación de omnibus desde donde salía un bus a la estación de trenes, esta vez no pensaba ir caminando. Como ahí tampoco pude dormir volví otra vez a la costa y subí a la roca de Blanes donde por supuesto no había nadie y desde allí contemplé al pueblo en silencio iluminado por la luz de la luna. Hacía frío, saqué la toalla de mi mochila y me cubrí pero no lograba calentarme. Caminé otro rato por la costa, me crucé con algunos chicos que habían estado en el recital pero no hablé con nadie. Me quedé un buen rato mirando el mar iluminado por los faroles de la costa y volví despacio a la estación de omnibus donde tuve que esperar sentado más de una hora hasta que un bus me trasladó a la estación. Desde allí a Barcelona el tren tardó casi una hora avanzando al lado del mar en la madrugada fría de la costa Catalana. Yo dormí casi todo el viaje.
Septiembre 2007
domingo, 9 de septiembre de 2007
viernes, 7 de septiembre de 2007
Es una vieja canción escucho que dice María José mientras trato de entonar las primeras estrofas y dos personas que pasan me miran con extrañeza y perplejidad, aunque para mí no es vieja, pienso, porque empecé a escuchar el disco hace poco tiempo. Después de esas palabras ella me sigue con la voz pero Marisa queda en silencio. Estamos en Bologna, atrás de la plaza Mayor, sentados en el cordón de la vereda y tomamos una cerveza protegidos por la galería de la llovizna fría. Marisa, Boliviana de Cochabamba que vive en Espáña hace seis años y María José, andaluza de Jaén sin duda dos chicas muy particulares; la verdad, Marisa me gusta pero no sé como entrarle, además no puedo soportar que le diga todo el tiempo a su amiga "mira a esa tía", si se hace la lesbiana o si lo es, no tiene que estar refregandomelo en la cara y más cuando ya sabe que le gusto; me estoy acostumbrado demasiado a las decepciones con las mujeres. Cuando parece que tengo buena onda con alguna resulta que le gustan las mujeres o no sé... quizás es precisamente por eso que pude conectar, pero es mejor esperar, quizás más tarde le pueda decir algo. Por entre los edificios, arriba del supermercado que tengo enfrente se ve un cielo muy gris con nubes aún más oscuras pero algunos relámpagos entrecortados le agregan algo de claridad a la oscuridad. Mientras María va a comprar más cerveza Marisa y yo escribimos, cada uno reconcentrado en lo suyo. Ayer me leyó algunos pensamietos y reflexiones que tenían mucha coherencia y reflejaban bastante su modo de ver el mundo como ella misma lo definió, "un caleidoscoio de colores". Algo más puedo leer sin que ella se de cuenta "No te fíes pero tampoco desconfíes, tal vez mañana el tiempo pueda marcar mejor sus horas" . Una calle de Bologna, niebla, frío y poesía en este invierno del nuevo año europeo, mientras escucho el retumbar de los zapatos de la gente en el asfalto que pasa apurada y habla por celular en italiano. Todo es diferente a lo visto hasta ahora, estoy en otro continente, en lugares con los que alguna vez soñé pero nunca supe si realmente iba a poder llegar y cuando lo pensaba desde argentina me parecía irreal, alguna vez estaré en Europa? alguna vez? Incluso puedo sonreir mientras busco en las ciudades viejas y me pierdo en las galerías de la sabiduría medieval. El arte es un refugio y por eso no voy a dejar de escribir y cantar aunque nunca me quede conforme con lo que hago le leo rápidamente. Otra vez María José y la vieja canción, no tan vieja para mí "el corazón me grita, me dice que no vuelvas otra vez, una vez tuve una vida, no era fácil, pero era mía y ahora me falta lo más importante"Esa es otra parte de la vieja canción pero fines de los 90 no es hace tanto, así que la canción no es tan vieja y me hace recordar a la época en que iba a bailar con Tucho Rock @ Roll a San Telmo, esa época del final adolescente que pasó hace mucho pero la recuerdo hace tan poco. Sigo con mi lectura en voz alta "estos días del presente que me hacen amar lo que no tengo y se pasan sin darme cuenta ¿ por qué para amar siempre hay que poseer? Así termina esta texto que quiere expresar la melancolía que sentí en ese principios del 2007 con estas chicas que conocí una nche en el hostel alejado de Bologna y con quienes salí a caminar dos días seguidos para después seguir hacia Venecia.
domingo, 2 de septiembre de 2007
Después de tanto tiempo sin verte me puse a pensar en vos, en los días que pasamos en aquella ciudad con galerías que nos protegían de la lluvia y el frío, mezclados entre estudiantes que entraban y salían de los cafés y librerías universitarias en esas calles empedradas con paredes naranjas. La primera vez que te vi entrabas con entusiasmo por la puerta del hostel, riendo y con saludos a todo el que se te cruzara, aunque creo que el único que estaba al lado tuyo cuando pasaste era yo que justo bajaba de bañarme, por fin despejado, después de haber dormido todo el día de corrido porque la noche anterior la había pasado sin pegar un ojo en el piso frío de la estación. Creo que subiste a tu habitación mientras tu amiga te decía algo y se sentaba a ver la televisión. Media hora después te vi venir otra vez con unos sandwiches y gaseosas. Me gustaba tu forma alegre de moverte y me dí cuenta de que no era difícil iniciar una conversación con vos; no, parecía mucho más fácil que con otras mujeres, que dan la impresión de estar siempre en otro mundo y no miran alrededor, no, esa no era tu defensa y todo lo contrario parecías abierta y generosa. Cuando me acerqué me sonreiste y me preguntaste de donde era y donde vivía e inmediatamente me ofreciste un poco de tu comida la que acepté porque no tenía en el estómago más que unas galletitas y un café de la máquina que había en el hall del hostel que estaba en el medio del campo donde no había ningún mercado cerca. Nos sentamos juntos y empezamos a hablar cada uno de su viaje. Me contaste que habías viajado siguiendo a tu amiga María José, que había volado a Roma primero, pero se habían encontrado en Viterbo. Ella era tu mejor amiga, la chica de Ibiza, solías decir, porque hacía muchos años que vivía allí y conocía cada uno de sus rincones. Me contaste que te había gustado mucho Florencia, especialmente el barrio viejo, cerca de la estación de trenes. Hablamos de muchas otras cosas y nos reíamos. Escuché que decías que estabas dando vueltas por Europa desde el 99 y que antes habías estado en Argentina durante dos años; en zona sur me dijiste y tratabas de acordarte de una estación de trenes en la que bajabas para ir a una casa en donde viviste un mes, pero no te acordabas. Al sur, a casi una hora de Buenos aires, me repetiste. La plata, Ensenada, Guernica, Tordera dije yo, pero no era ninguna de esas; insististe con los cadáveres exiquisitos, novedad para vos y después recortaste las figuras de una revista para luego hacer un improvisado collage. La noche avanzó entre risas y mezcla de palabras en un papel y nos despedimos hasta el otro día.... Hacía frío a la mañana mientras miraba la ciudad y te esperaba; llegaste diez minutos después de lo acordado al Neptuno de la plaza central con tu amiga María josé. Cuando me viste levantaste los brazos y te exaltaste pronunciando mi nombre; del cielo gris caían gotas lentas y gordas sobre la iglesia San Petronio y sobre la gran explanada central. Te recuerdo con un gorro verde y rojo y un enterito de jean tajeado abrazándome y saltando al tiempo que sacabas de un bolso tres pelotas de tela y tratabas de hacer sin éxito unos malabares, mientras la gente alrededor nuestro pasaba apurada a sus trabajos y obligaciones. Luego dijiste "a ver si podés" y quedaste sorprendida al ver que me resultaba fácil y te reiste de algo tan tonto como eso. Me gustaba estar así con vos como vagabundos de viaje hechando bocanadas de aire al frío aire en una ciudad importante pero desconocida para mí. Luego caminar y caminar por las intrincadas calles y galerías de la ciudad, entrar a las universidades a ver las carreras y las materias, a la gran iglesia San Petronio, a un museo medieval... Las plazas, las chimeneas altas, los túneles y tranvías, el paso de la gente retumbando en el asfalto frío. Hablabas mucho con María José y yo muchas veces quedaba al márgen de las conversaciónes; hablaban sobre gente que conocían de distintos sitios, siempre las ciudades, las anécdotas, los recuerdos de situaciones y personas, el viaje como escape a la realidad, como libertad, siempre sin dinero, trabajando y dejando los trabajos para viajar, la suerte de conseguir los vuelos baratos, los micros y trenes o el hacer dedo en las rutas, los hosteles o casa de amigos y las distintas maneras para conocer de acuerdo a lo que se disponía... Como me gustaba todo lo que me contabas, siempre alegre Marisa, siempre contenta como en tu Cochabamba natal.
Así pasaban las horas en ese día de enero frío y gris. Por la tarde compramos unas cervezas en el supermercado y nos sentamos tranquilos debajo de una galería a la vuelta de la plaza central, recuerdo que llovía más fuerte. Cantamos canciones de Amaral, Rosendo, Bersuit, Calamaro, Sabina, Fito y Fitipaldi, La Polla, Melendi, Los delincuentes, Las pelotas... María josé, andaluza de Granada las sabía todas, cosa que me sorprendía porque muchas bandas no sonaban en España, era la fonola del trío deambulante con su acento andaluz... Cuando cantábamos los temas de Bersuit escuchabas con curiosidad y preguntabas por el disco y la banda... te reías de "cuatro ebrios se lo llevan al Rockero". Fue esa misma tarde, casi noche, cuando decidimos viajar a Venecia. El tren costaba 7 euros, era accecible, el problema iba a ser encontrar un lugar a buen precio para dormir. Nos quedamos en la calle entusiasmados hablando del viaje, decíamos "Venecia" y no lo podíamos creer, volvíamos a repetir "Venecia" y era como hablar de un sueño pero era cierto, estaba a nuestro alcance a menos de dos horas en tren desde donde estábamos. Charlamos sobre el viaje y lo necesario para estar dos días porque comprar allí resultaría muy caro. Anotamos para comprar en el supermercado. A mí me quedaban menos de 50 Euros y todavía tenía que volver a Barcelona.
Así pasaban las horas en ese día de enero frío y gris. Por la tarde compramos unas cervezas en el supermercado y nos sentamos tranquilos debajo de una galería a la vuelta de la plaza central, recuerdo que llovía más fuerte. Cantamos canciones de Amaral, Rosendo, Bersuit, Calamaro, Sabina, Fito y Fitipaldi, La Polla, Melendi, Los delincuentes, Las pelotas... María josé, andaluza de Granada las sabía todas, cosa que me sorprendía porque muchas bandas no sonaban en España, era la fonola del trío deambulante con su acento andaluz... Cuando cantábamos los temas de Bersuit escuchabas con curiosidad y preguntabas por el disco y la banda... te reías de "cuatro ebrios se lo llevan al Rockero". Fue esa misma tarde, casi noche, cuando decidimos viajar a Venecia. El tren costaba 7 euros, era accecible, el problema iba a ser encontrar un lugar a buen precio para dormir. Nos quedamos en la calle entusiasmados hablando del viaje, decíamos "Venecia" y no lo podíamos creer, volvíamos a repetir "Venecia" y era como hablar de un sueño pero era cierto, estaba a nuestro alcance a menos de dos horas en tren desde donde estábamos. Charlamos sobre el viaje y lo necesario para estar dos días porque comprar allí resultaría muy caro. Anotamos para comprar en el supermercado. A mí me quedaban menos de 50 Euros y todavía tenía que volver a Barcelona.
sábado, 1 de septiembre de 2007
Había aspectos sobre los cuales era inútil interrogar a Malka con persistencia: Su familia, sus orígenes, ciertos años de su pasado... Nadie sabía nada seguro de ella y , aunque me doliera, también me incluía a mí. Solía cambiar de tema rápidamente cuando se le preguntaba demasiado. Me veo a mi mismo en Constitución una noche en que viajábamos en tren hacia Viedma, donde tres días después debíamos hacer la combinación hacia Bariloche, en el llamado tren patagónico preguntandole sobre su lugar de nacimiento y observando su cara petrea de negación como diciendo ¿pero vale la pena insitir sobre esto? Recuerdo como si fuera hoy todo aquello a principios del 2001: Las libretas de estudiantes del joaquín V. Gonzalez para abonar menos en el tren, los pasos de la gente que vuelve tarde a sus hogares por el gigantesco hall oscuro ; adentro en la sala de espera, los relojes marcan las horas a la costa porque ya los trenes no llegan a practicamente otros lugares que no sean los típicos centros de veraneo ; a veces se escucha una moneda que cae en la lata de alguien que mendiga, cosa rara que alguien de por esta época de carencias que atraviesan a casi todas las clases sociales, si es que todavía se puede hablar de esto en un país que se hunde cada vez más; Y aquí no es donde peor se está me dice Malka porque así no son los barrios pobres de la ciudad gris; nada tienen en común con la hermosas calles lineales y decoradas de otros lugares, donde hay jugadores de bolsa y especuladores de cambios que se instalan a saborear el diario de la mañana y aunque no dice nada nuevo le digo que sí, así es, así debe ser Malka, aunque no conozca ese mundo y me resulta extraño para nuestra idiosincracia pero lo puedo sospechar. A veces pienso que no existe un lugar definitivo para nuestras necesidades y en otoño vemos la luz triste y cautivadora de un faro pero luego nos damos cuenta de que no es verdadera o que proviene de otras zonas y no es para nosotros. La vejez de las estaciones de omnibus y de trenes con andenes sucios y olvidados, de plazas de pueblos con los mismos nombres que evocan un mundo de prestigio y grandeza de hace 150 años y uno se siente casi disminuído en comparación con esfigies de hombres que quizás no hicieron más que heredar una fortuna y donar algo de eso; no, lamentablemente, no se tiene un lugar definitivo a donde ir y parece que uno escapa del presente hacia otro presente que no lo satisface tampoco. Y esos días en Viedma, Puerto madryn, Bariloche, Bahía, ciudades gigantes en una geografía todavía más gigante, camimos y pueblos, líneas de la costa desiertas, campos vacíos, gente de todas partes que se cruza y las conversaciones interminables que evocaban lugares de los que apenas teníamos noticias, imágenes de pueblos al pie de montañas nevadas o puertos sobre el mediterráneo con barcas anclados en sus costas, nombres que sonaban a calles de proeza, aventura y arte, guerra e inmigración; la idea sobre llegar alguna vez a la vieja Europa, quizás un sueño... ¿ Cómo conseguir los recursos ? papeles, pasajes, dinero... y si, pasaron muchos años y luego en otro continente dando vueltas casi sin creerlo con el primer sueldo que cobramos haciendo encuestas: Bologna,Florencia Basilea, Brujas, Amberes, Amsterdam, Zagreb, Barcelona.. ciudad donde vivimos tanto tiempo porque pensábamos que allá estaba concentrado y representado el mundo; brillo de las vías de acero en los sistemas arteriales del cuerpo del antiguo continente, hierros rectilíneos que se juntan, separan y confunden a través de ríos, montañas y valles, tan lejanos como en el sur argentino; rostros pulcros que se confrontan en los brillantes espejos del Euromed que vemos parar en las estaciones y cruzan a cientos de Kilómetros por hora; vistas aeréas impecables desde donde el mundo puede verse con más calma, aunque uno se sienta atrapado e indefenso. LLevamos a donde quiera que vayamos las mismas dudas y yo la certeza de que ella no cambiaría nunca y aunque me era imposible entender por qué, se negaba a revelar el nombre de la duda que la acosaba y que yo intuía cada día más que era eso, se trataba de lo que alguna vez había leído en un viejo libro sacado de la biblioteca de villa Otuzar y de lo que hablaré a su debido tiempo. Si, en esa época justo enfrente de donde vivimos seis meses, frente a la plaza 24 de agosto, en un pequeño departamento donde yo intentaba escribir una novela que transcurría en un pueblo del sur de Brasil donde yo había estado de chico, Barra de Lagoa en Florianopolis, pero del que me acordaba muy poco aunque tenía referencias por unas enciclopedias, mientras ella trabajaba por la mañana en esa oscura oficina del centro o escuchaba música y fumaba porros apenas llegaba; luego se ponía a cocinar y terminaba mirando bien entrada la tarde esa comedia norteamericana con la que se reía por cualquier cosa. Esto último generalmente motivo de discuciones ya que yo le reprochaba que no me dejaba concentrarme para poder escribir. Habíamos fijado que de 19 a 22 no se miraba la televisión pero era muy difícil que ella cumpliera lo pactado. Así y todo había sido un tiempo bueno recordandolo desde ahora, un buen tiempo que ya terminó y casi lo recuerdo como lo mejor que había vivido hasta ese momento. Solíamos pasar esas noches mirando cualquier cosa en la televisíón, escuchando música, haciendo cadaveres exquisitos o collages con figuras que recortábamos de revistas viejas que encontrábamos en la calle o en cualquier lugar. Teníamos apenas el dinero justo o a veces ni siquiera nada, pasabamos días casi sin comida aunque ella se las ingeniaba para robar algo en el supermercado de Guevara o Rosetti, viejas calles doradas por las hojas del otoño, solitarias, ventosas y vacías en ese Villa Ortuzar de casi mediados del 2001; pasaron muchas más cosas, quizás lo más importante fue la idea de planear un viaje para instalarnos un tiempo en Europa. En esa época decíamos Europa y nos parecía un sueño algún día estar allí mientras mirábamos viejas enciclopedias y libros y buscábamos una ciudad adecuada para vivir aunque yo antes quería terminar la corta novela que no avanzaba, estancada en los bocetos y las primeras diez páginas que pasaba corrigiendo.
domingo, 26 de agosto de 2007
El tren a Basel tardo una hora y diez, el paisaje de campiña verde con algunas casas suizas alpinas pasaba fugazmente, a lo lejos se veían las montañas; me llamó la atención un estadio en el medio del campo con un estacionamiento con muchos autos a sus costados, aunque luego nadie me supo decir de que tipo de espectáculo se trataba. La estacion de la ciudad de Basel era pequeña y agradable con escaleras mecanicas, bancos de madera y dibujos gigantes en la pared de una Suiza ancestral con simbología helvéticas: se veía a un hombre que desembarcaba en la costa y clavaba una bandera en cruz. Frente a la estación había un cruce de vías por donde iban y venían muchos tranvías de color verde; me parecía una ciudad de juguete, prolija, ordenado, tranquilo, como uno se puede imaginar Suiza con el cielo límpido con sol y calor. Tenía un mapa de la ciudad y traté de guiarme; hasta el museo Kun tarde unos veinte minutos con paso lento pero preferí no entrar en ese momento. Seguí caminando y despues de un puente de madera atravesé callecitas medievales con iglesias y casa viejas de colores rojizos y naranjas, luego crucé una feria de sábado donde vendian articulos de todo tipo: comida arabe, artesanias, calzado, telas persas, carteras, anteojos, banderas helveticas; me llamo mucho la atencion la convulsion de esa calle comparada con el resto de la tranquilidad de la pequeña ciudad; vi un hombre viejo de trenzas blancas muy largas; le llegaban casi hasta los tobillos y hablaba con cada feriante, se lo veía compenetrado en ese lugar. Luego, caminé un poco y atravesé el gigante puente metálico, prodigio de la arquitectura, en un tranvia donde me senti muy empequenecido al compararme con la ciudad que se veia a ambos lados, desde arriba del río rhin como un gran cañon de cemento elevado ; aunque no era tan alto, mirar hacia abajo me producia vértigo; apenas crucé el puente bajé rápido porque me pareció ver al revisor no vaya a ser que me hicieran una multa en esta ciudad ; luego bordeé la costa entre algunos pacificos pescadores y viejos sentados en los bancos que leían el diario o tomaban sol y llegué a la direccion que me habian dado. Daba la impresion de ser un lugar corriente, una casa mas de estilo aleman con pisos de madera y fachada cuadriculada. Eran una edificación típica de esta ciudad que por momentos parecía como si estuviera hecha para muñecos por su prolijidad, cuidado y detalles. Como no había timbre golpee las manos pero nadie me atendió, supuse que no estarían, aunque también cabía la posibilidad de que no me escucharan y volví a agitar las palmas con más impetu. Tampoco salió nadie. Miré mi reloj y vi que eran las tres por lo que decidí volver hacia el museo y entrar a la exposición. No se por qué tenía la curiosidad de ver algunos de los cuadros de Rousseau. Estaban todos los grandes de la pinura del XlX y XX, expresionistas, impresionistas, surrealistas: Van gogh, Matisse, manet, monet, Cezanne, Modigliari, Picasso, Dali, Kirchner, Munch y también Russeau, cuyos cuadro me gustaron mucho sobre todo el del hombre entre los árboles de la selva. Era una colección impresionante; nunca había visto tantas buenas obras juntas, en ningún lugar y tampoco me imaginaba que en esta ciudad de suiza encontraría semejante colección, no tenía la menor idea, es como algo oculto, por lo menos para mí que no soy un experto en arte ni mucho menos. Quien diría que en esta ciudad de suiza hay semejante exposición. Estuve más de dos horas recorriendo los pasillos del museo. Luego salí al aire límpido de la ciudad y seguí recorriendo sus calles frescas. Me quedé un tiempo en las barandas del puente y después bordié el río por una pasarela de madera que daban a unas casa pintorescas cuyas ventanas coloridas tenían una vista estupenda al río y la ciudad. Saqué algunas fotos, me cruzé con un grupo de italianos (tres mujeres y dos hombres de unos treinta años) que me pidieron que les saqué fotos y luego volví tranquilo a la estación de Basilea. Las vías metálicas transportaron al tren que me dejó en Zurich casi de noche. Antes de entrar a la ciudad vi unos monoblocks de color anaranjados con muchos graffitis que me llamaron la atención, eran los barrios más populares de todo lo que había visto en Suiza. Volví con la misma carta que mi tío me había dado esa mañana pero nadie me había respondido en aquella gran casa de estilo Alemán en la única tarde de mi vida en que estuve en Basel.
miércoles, 22 de agosto de 2007
Mañana viajo a Suiza. Salgo del Prat a las diez de la mañana. Estoy muy cansado de trabajar sin parar. Hace diez días que trabajo, luego voy al curso de catalán y llego tarde y rendido a mi casa, a veces ni como y me voy a dormir, no tengo ganas de estar en el comedor y verle la cara al Italiano; desde que me cambié de habitación casi no hablamos, usa una remera de Los Ramones y de Mistifis pero con sus actitudes parece un policía, siempre marcando todo lo que no le gusta mientras él hace lo que quiere y no le importa si me molesta. Por suerte mañana me voy. Espero estas vacaciones de 5 días desde hace mucho. Digo Suiza y me resulta increíble pero así es, hacia allá me dirijo con mucha intriga y curiosidad. El viaje me costó 120 Euros ida y vuelta y llevo 200 para estar porque según mi tío voy a dormir y comer sin pagar en la casa de sus amigos. Espero que salga todo bien. Llego a Zurich alrededor de las 12:00, espero encontrar facilmente la calle de la exposición que tengo anotada en un pequeño papel. No tengo idea de como llegar desde el aeropuerto al centro de zurich, supongo que habrá trenes. No sé nada de alemán ni de francés ni tampoco me informé donde cambiar euros por francos. Ahora debo preparar la mochila y los papeles, además de sacar los 200 Euros de La caixa. Tengo que averiguar los horarios de los buses que salen de Plaza Cataluña al Prat y como siempre dejo todo para último momento. Bueno, no me puedo quejar de este viaje pero tengo miedo de no levantarme. Me convendría no dormir en toda la noche pero estoy muy cansado, pongo el despertador a las 5 de la mañana. Espero que suene. Viajo a Suiza, estoy muy contento de conocer ese país. Preparo todo al final, pura improvisación pero lo importante es no quedarme dormido.
sábado, 18 de agosto de 2007
Quisiera escribir pero no puedo, es como un yo-yo que sólo baja y no quiere subir. Reticencias de cuerpos rebeldes. Era enero en Claromecó, no hace tanto, sol brillante y cielo azul en el sudoeste de la costa bonaerense. Tenía 25 años, leía a Pavese y a Cortázar mientras viajaba en algún tren viejo; buscaba casas abandonadas en la provincia de Buenos Aires y trataba de dormir ahí, a veces tranquilo, a veces no. Tenía efímeros amigos que conocía en las rutas, gente de Olavarría, Torquins, pigue, Azul o Bahia Blanca. Huía de Mar del Plata y me iba de mochilero más abajo: Reta, Monte Hermoso, Balneario "El Condor", Las grutas, bien al sur. Deambulaba sólo, me gastaba el dinero en micros a lugares donde no había comisarías, ni hospitales, ni municipalidad, ni nada y si los había estaban vacíos. Otros años cambiaba de rumbo y subía a Colón, El Palmar, Ñandubaisal, Santa Fe capital... ; hablaba de cosas innombrables con gente pasajera que me podía llegar a decir "nos movemos por impulsos instantáneos en sillas vacías de bronce nacarado". Miraba horas y horas por la ventanilla, el campo, el asfalto, los pueblos pequeños y vacíos de verano... Tenía un viejo Walkman donde escuchaba cassetes de spinetta, virus, Las Pelotas, Silvio Rodriguez, Los Redondos, Soda, Bersuit "Mi cara es de plastilina, toda la gente quiere amasarla" Veía distintos colores en el crepúsculo cuando el sol se escondía tras el verde y amarillo de los campos trigados. El atardecer hacía todo más romántico pero yo siempre estaba sólo. Veía mucho, observaba a choferes de temporada esperando su turno para salir a llevar turistas mientras fumaban sus cigarros y hablaban quien sabe de que, quizás de sus mujeres, quizás de su trabajo o de fútbol. Veía rosarinos con la camiseta de Central dando vueltas por el centro de Santa fe; Cordobeses alegres me deprimían con el cuarteto a las ocho de la mañana; una noche en cosquin me quisieron tirar la carpa abajo sólo porque hable con una de sus primas. Córdoba era bella, imensa y en el Dique Los Molinos vi luces extrañan que se agigantaban e iluminaron todo el lago hasta desaparecer en un gran destello, en Calamuchita quedé inconsciente de tanto tomar vino tinto, en Tanti descansé cerca de un río. Seguí camino rumbo al norte y en Salta subí tres veces seguidas al San Bernardo, la vista era hermosa, imponente. ¿ por qué viajo y viajo y sigo tan sólo? Gestos lentos, pausados, desesperación de pequeño-burgués-obrero? en la pobreza. Conocí hombres buenos que me ayudaron cuando me veían perdido, otros que trataron de robarme lo poco que llevaba, mochileros bien provicionados me fueron indiferentes, otros me prestaron plata, otros me regalaron artesanías, ninguna niña me guiñó el ojo; "sé que hay un lugar vacío cerca de aquí pero no sé dónde". En el cadillal, Tucumán, me quedé un día entero; tras las montañas la guerrilla se había enfrentado con el ejército 25 años atrás, la lucha del monte en Monteros, luces y ruidos de helicopteros en el 75, antes o después de Monte Chingolo? Cuando termino eso? Nunca, después, siempre. Nunca estuve en el chaco aunque una vez rocé Formosa y no había nadie más que soldados jóvenes junto a los quebrachales y palos secos. Pasaban horas esperando en el campo quien sabe qué, transpirando con su uniforme; ellos no me veían, pero yo si a ellos y no entendía cómo lo podían soportar. En Corrientes caminé sin parar toda una tarde, me perdí en un pueblo cuyo nombre no me acuerdo donde había una virgen gigante, llegue a Santo Tomé muy cansado y dormí en un hotel barato. Quise ir a las cataratas y aunque no estaba lejos ya no tenía plata y decidí bajar así que después de dos días llegué a dedo a Zárate en la parte de atrás de una vieja rastrogera, pero del puente seguí camino a la costa, eterno atlántico frente a mí y leí: "ayer soñe que vivía en el interior de un árbol hueco en Nueva Atlantis, al lado de Mar de Ajó y me alimentaba de raices nutritivas que crecían por la zona; a las tres de la tarde vendía artesanías en la playa y cuando tenía dinero me pagaba un hotel, siempre y cuando desde allí se viera el mar, eterno atlántico frente a mí.
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