sábado, 11 de abril de 2009

Las mesas del bar se ubicaban de manera desordenada; no parecía haber una intención de orden geométrico sino que había algunas torcidas, otras rectas y otras en diagonal. En el pequeño escaparate, detrá de la vidriera que daba a la calle central, las velas se consumían lentamente y en el centro, entre los candelabros, un viejo libro exhibía en la portada un barco con el casco oxidado y las velas rasgadas con una mujer desnuda y maniatada en la popa; debajo, en el mar revuelto, los brazos de los marineros y tripulantes con sus chalecos salvavidas se agitaban pidiendo auxilio desesperadamente; una tempestad con viento y lluvia se cernía sobre todo aquello. Me pareció leer que el título decía "El último viaje de la Marquesa Jaimar". El dibujo mencionado se veía vetusto y amarillento pero aún estaba visible. El escaparate del otro lado de la calle solo guardaba un candelabro con dos botellas de vino oporto a ambos lados. Adentro sólo dos clientes,una pareja mayor que hablaba amablemente con flores en la mesa, en la barra el camarero aburrido y la musica del suave jazz que se desparramaba en el ambiente. Nos sentamos en la mesa que daba a la calle solitaria, justo al lado de la ventana de los vinos. Desde el cielo una tenue llovizna caía sobre los adoquines. Cada tanto algún transeúnte pasaba caminando, alguna pareja abrazada, algún árabe con un ramo de flores o cervezas, alguna moto lenta y precavida. Nos miramos durante un tiempo sin decirnos nada. Luego, hablamos de cosas sin importancia, mi pantalón jaspeado y su camisa de color Añil, vanalidades, pequeños detalles. No sabía muy bien que decirle y no quería preguntarle nada del tema que habíamos tocado la semana anterior.